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Obra de Santiago cirugeda

SANTIAGO CIRUGEDA

Arquitectura

Lo efímero

Defiende la arquitectura útil, el retorno de la ciudad al ciudadano y la resistencia a una política urbana que colisiona con las necesidades contemporáneas. Propone un saneamiento integral que abarca desde la creación de parques infantiles en contenedores de escombros (previamente alquilados y con la documentación en regla) hasta viviendas en andamios. Entre el arte social y el marxismo arquitectónico. Su popularidad se reparte entre románticos de la arquitectura efímera y las causas pendientes. Por el momento, ha salido invicto. Porque juega en los límites de la “alegalidad”, pero a escasos metros de la infracción. “Mi aspiración no es trabajar en la ilegalidad, sino evaluarla”. Pero sus intervenciones provocan y sus desafíos conquistan desenlaces espontáneos y previsibles.

Después de una entrevista pactada en blanco y tres días de llamadas intensivas sin respuesta, escribe: “Siento la desaparición. He tenido que esfumarme por una denuncia que me han interpuesto tras haber encargado una demolición”. Ocurrió a mediados de marzo en Fuerteventura. Viajó hasta la isla y, tras estudiar la irracionalidad de una carretera ordenó derribarla. “Esa obra no debía de estar allí”, explica.

La biografía de Cirugeda acumula más páginas en la sección de sucesos que en la de cultura por su intervencionismo incómodo en defensa del espacio urbano. Entre arte y justicia escoge la segunda alternativa, pero si triunfa su talento “pues mejor. Lo uso a mi favor”. Utiliza el concepto artístico para sufragar propuestas “inoportunas“. El dinero que consigue en las bienales o escarceos con el arte lo recicla en andamios para ampliar una casa, construir viviendas en la cubierta, ocupar solares, incorporar prótesis a edificios construidos o abrir solares públicos en terrenos clausurados. Sobre eso versa su libro. En breve publicará decenas de páginas en las que explica catorce proyectos que ha desarrollado en los últimos once años en sus diferentes representaciones sociales: como estudiante, ciudadano, “desobediente civil”, artista, estudiante, arquitecto... Y en las que busca “ciudadanos cómplices” que crean en los proyectos ejecutados.

Sus iniciativas requieren compromiso, búsqueda y gestión de recursos y esas condiciones son su principal obstáculo. “Siempre puede ocurrir que descubras que la población está tan alienada que haga pensar que en Europa hay una sociedad cada vez más estúpida...”. Incluso con esas premisas, y más de una decepción, Cirugeda cree en la democratización y reclama el protagonismo ciudadano en el espacio público. Hace años planteó la construcción de columpios en una calle de Sevilla en el interior de contenedores de escombros. “Nadie se movió, a pesar de que era legal. Al final, o conviertes en ordenanza una situación, o no se lleva a cabo”. Ese es el precio que ha tenido que pagar para consolidar determinadas propuestas: sucumbir a la politización de la arquitectura. A cambio, ha legitimado determinadas fórmulas de guerrilla urbana y ha conseguido “evocar la incapacidad de la institución para acotar la compleja realidad humana”.

Es su máxima por antonomasia que aparece recogida en su web: www.recetasurbanas.net. Un site en el que recoge todos los ingredientes jurídicos y estratégicos para la acción ciudadana entre los confines de las ordenanzas municipales. Y advierte: “cualquier riesgo físico o intelectual producido por el uso de las mismas correrá a cargo del ciudadano”. Actualmente la web está sin actualizar porque Cirugeda está sumergido en la publicación de su “manual de estilo”, pero sus propuestas no tienen fecha de caducidad. Lo que sí está sujeto a la dictadura del tiempo son sus obras. Defiende la arquitectura fugaz. Perecedera. Es un nómada de la necesidad. Plantea, proyecta, construye y extermina la obra cuando deja de ser necesaria. Tal vez para combinar con la filosofía del derecho. “Es una evidencia que todo lo que es legal en este momento puede dejar de serlo en un futuro próximo”.

Es un filósofo del Carpe Diem arquitectónico. Ejemplo de esa temporalidad es la construcción que levantó en Madrid en el año 2003. Después de que la policía desalojase por la fuerza a los “habitantes” del centro cultural autogestionado “El Labo”, en Lavapiés, Cirugeda diseñó una especie de araña alienígena en medio de un solar ruinoso alimentándose del vacío legal que permite “construir cualquier cacharro móvil en este tipo de terrenos”. Rebuscaron en la basura, y con un presupuesto que rozaba los números rojos, proyectaron una estructura con piezas de plástico que sobrevivían en medio de los escombros para la construcción de sanitarios. Duró meses, pero devolvió la erudición urbana al barrio.

El diseñador de sueños prefabricados escribe desde un ordenador público en un aeropuerto en Fuerteventura. 19 de marzo. “Acabo de recuperar el móvil. Tengo 60 llamadas perdidas de gente muy cabreada. Siento la desaparición. A punto de coger otro avión. Hasta pronto”. Trata de liberar al siglo XXI de la era de la prostitución arquitectónica, en la que los políticos ordenan y los arquitectos diseñan. En la isla acaba de invertir los términos. Es un reflejo de su existencia. Efímero. Práctico. Romántico y alegal.


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Por Rebeca Queimaliños
Foto:
Revista 72 (15/03/2007 a 15/04/2007)


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