Las verdaderas estrellas de cine no son necesariamente “guapas”. La gente suele decir, con cierta envidia, aquello de que tal o cual famoso actor “en persona, no vale nada”. De lo que parece que no se dan cuenta es de que aquellos que saben brillar bajo la luz de los flashes o rodeados de cámaras lo que poseen es una capacidad innata para enamorar a la cámara. Y la cámara tiene sus propias reglas. Ahí está la esencia del “glamour”, un concepto por desgracia vulgarizado. Porque Gael García Bernal (Zapopán, Jalisco, Mexico. 1978) es un ser de una apariencia física extraña: es muy bajito y sus facciones son tan marcadas que casi parecen una caricatura. Sin duda, es muy guapo, pero lo realmente fascinante del mexicano es cómo la lente transforma lo que de cerca parece exagerado en un extraño y delicado equilibrio que da lugar a la belleza más rotundamente moderna del cine mundial.
Una belleza que tendría poco sentido sino fuera porque también surge de su instinto para la interpretación como demostró en obras maestras como “Amores perros”, “La mala educación” o “Babel”. Y el mexicano se supera con creces en la fascinante y bizarra “La ciencia del sueño”, un filme de Michel Gondry (famoso director de videoclips y artífice de la maravillosa “Olvídate de mí”), que sigue las peripecias de Stéphan en un París de opereta. Stéphan es un ilustrador fantasioso, enamorado de su vecina, que vive la mitad del tiempo en un universo onírico delirante en el que hay caballos de peluche, ciudades submarinas y suceden todo tipo de cosas atípicas.
¿Qué tipo de reto le suponía protagonizar “La ciencia del sueño”?
Todos los papeles son difíciles a su manera. Fíjate que en “La mala educación” tuve que aprender a caminar con tacones, no voy a profundizar en ello. Hablando en serio, lo que me interesaba de Stéphan es que me permitía trabajar con mi inconsciente. Todos podemos reconocernos en él, aunque su caso sea exagerado.
¿Cómo llegó a obtener el papel?
Cuando leí el guión, la película no estaba escrita para mí y Michel (Gondry) tuvo que cambiar algunas cosas, como que mi personaje fuera hijo de francesa y mexicano y hubiera pasado toda su vida en Sudamérica, sobre todo por el idioma. Pero yo antes de tener una nacionalidad soy un ser humano. Viajo con lo que soy pero no llevo la bandera colgando. Por eso, la esencia de Stèphan está en su cabeza, no en su patria.
¿Este trabajo le ha obligado a enfrentarse con alguno de sus fantasmas?
Fue muy interesante buscar en mis pensamientos más íntimos, en aquellos que con mayor frecuencia ocultamos a los demás. Ese mundo secreto que sólo cada uno conoce. Y, claro, tuve que enfrentarme a ellos, dejar que salieran a flor de piel. Pero fue un proceso muy positivo. Además, interpretar a alguien que está en un sueño es una experiencia muy gratificante.