Es fácil decir que Diamantes de sangre es una “americanada” que, en el colmo del cinismo, intenta sacar tajada de los males de un continente tan castigado como África. Pero si nos olvidamos de ese papel antiimperialista que todo español decente ha asimilado como parte de su ADN deberemos reconocer dos cosas. La primera, que la película no es una obra maestra (no pocas veces cae en tópicos, es demasiada larga y a ratos es muy superficial) pero sí es briosa, entretenida, aporta espectáculo y, a veces, incluso emoción. Y dos, sobre todo, dejémonos de monsergas, porque la verdad es que gracias a ella una mayoría de nuestros compatriotas se enterará de una vez de algunas cosas que pasan en África. Cosas horribles que impresionaron notablemente al director artesano Edward Zwick, responsable de títulos como El último samurai o Leyendas de pasión.
En su visita a Madrid le pregunté directamente por el tema anunciado, o sea, sino estaba frivolizando con África. Y al señor no le hizo ninguna gracia: “Todo lo que hay en este mundo es comercial. ¿O es que acaso tu revista no necesita ganar dinero para sobrevivir?”. Luego, en un tono más reposado se “defendió” un poco mejor: “Para mí no tiene sentido hacer una película sobre África que sólo vaya a ver gente que ya sabe lo que pasa allí. Mi idea era hacer un filme que pudiera ver gente joven y tener un impacto en sus conciencias. Se me ocurre que Bertolt Brecht hizo lo mismo. Además, la ventaja del cine sobre la lectura es que provoca una reacción muy visceral, por eso creo que la película sí puede tener un efecto positivo”.
Protagonizada por Leonardo DiCaprio y Djimon Hounsou, Zwick se centra en la guerra civil de Sierra Leona a finales de los 90. Viene a decir que el conflicto fue provocado por el control de las minas de diamantes y animado por los joyeros. “La industria del diamante se ha gastado 15 millones de dólares en una campaña para decir al mundo que son legales. Pero yo me pregunto por qué se sienten tan amenazados”. Algunos de las personas que aparecen en la película vivieron realmente esa guerra. “Utilizamos a muchos niños que habían sido soldados. Para ellos, fue muy difícil entender lo que estábamos haciendo. Pensé que los niños son muy manipulables y que si las guerrillas habían utilizado ese poder para mal yo podía usarlo para bien”.