El escritor y crítico Jesús Palacios (Madrid, 1964) es un exquisito y clarividente consumidor y teórico del Lado Oscuro de la cultura: aquellas manifestaciones históricas y pop en las que campa el Mal, lo macabro, lo violento y lo fantástico. Colabora en medios como Fotogramas o El Cultural. Y ha escrito más de una decena de libros, entre ellos Psychokillers, Goremanía o Satán en Hollywood. El último, Juegos mortales, es una apasionada y desmitificadora defensa de lo inocuo de su fuente de placer.
Erudito, irónico, hedonista y de trato afabilísimo, la actividad de Jess es algo sobrenatural. Aparte de su quehacer literario, es asiduo de la radio y la televisión y asesor de múltiples festivales, entre ellos Las Palmas y la Semana de Cine Negro de Gijón. Y tiene varios proyectos en marcha.
¿De dónde viene tu fascinación por el Lado Oscuro de la cultura?
Pues me viene de familia, y es que lo que se hereda no se compra. Mi padre, que en paz descanse, era un hombre muy culto y un lector voraz con inclinaciones propias hacia lo macabro, lo sobrenatural, lo extraño y lo fantástico. Yo nací rodeado de los cuentos de Poe, los poemas de Baudelaire, colecciones de relatos de Borges, Lovecraft, etc., y todas las revistas habidas y por haber del género: Nueva Dimensión, Historias para no dormir, Hitchcock Magazine, etc., etc. De hecho, el fanzine El Grito, con el que prácticamente inicié mi carrera literaria, lo editaba con mi padre, quien maquetaba, escribía y hacía de todo. A él se debe un libro muy curioso y apreciado: La Antología de la Poesía Macabra Española e Hispanoamericana, publicada póstumamente por Valdemar.
¿Qué función tiene la representación del mal en el arte?
En Juegos Mortales hablas de la Catarsis aristotélica. También dices que “la violencia en sus manifestaciones artísticas nos escuda de la violencia real”. Efectivamente, creo que la función más evidente y primordial de la expresión del Mal en la cultura es la catártica. Por medio de esta exhibición y disfrute de lo prohibido, a través del arte y el espectáculo, podemos canalizar los instintos violentos naturales en el ser humano. Pero no se trata solo de exorcizar, como advertía LaVey, sino también de ejercitar sanamente esos instintos propios del hombre (la violencia, la agresividad, el egoísmo, la ambición, la competitividad...), que le son consustanciales y necesarios para la supervivencia, de forma civilizada e inteligente. Así, la función del Mal en el arte resultaría triple. Catártica porque exorciza nuestra inclinación al mal; terapéutica porque incluso puede contribuir a “curarla” en quienes predomina, y pragmática, porque sirve para canalizar y ejercitar de forma socializante y civilizada nuestros instintos “malvados”, por decirlo de alguna forma.
¿Por qué los mass media y grupos ideológicos estigmatizan su representación?
Se amparan en el mayor mito cultural de la modernidad: que el hombre es bueno por naturaleza. De la aplicación de este principio sin moderación alguna y con la peor buena fe, derivan actos de censura, prohibición e incluso persecución violenta de muchos derechos fundamentales del hombre, y no solo referentes a la libertad de expresión. Lo vemos en la persecución al fumador, al consumidor de pornografía, al heterodoxo en religión o creencias... Se trata de hacernos buenos a la fuerza.
¿Cuál sería el flujo del Mal entre realidad y la ficción? Un juego de correspondencias y espejos. Una mise en âbime en la que el arte, la ficción y el espectáculo recogen, reelaboran y devuelven a la realidad imágenes del Mal que esta genera de forma consciente e inconsciente. Teniendo en cuenta siempre la ambigüedad de lo que denominamos Mal.
Según tu libro Satán en Hollywood, el mal, a veces, traspasa la ficción para instalarse en el oropel y el glamour de la fauna hollywoodiense. ¿Chismología barata o realidad?
Las manifestaciones más obvias del Mal -el crimen, el asesinato, la violencia antisocial, el odio irracional, etc.- viajan con el ser humano, forman parte de su huella eterna, y por ello pueden manifestarse en cualquier ámbito, desde el más bajo hasta el más elevado. Es más, en un mundo como el de Hollywood, donde se manejan ambiciones, dinero, fama, etc., es lógico que se manifiesten a menudo y que se vean magnificadas por el efecto de aparecer en un universo de estrellas, glamour y popularidad. ¿El caso más paradigmático? Sin duda, los crímenes de Charles Manson, con toda su parafernalia real y ficticia.
¿Hay diferencias entre el cine trash y mainstream en la forma de manifestarlo?
Desde luego. El cine “marginal”, por así decir, tanto en su expresión culterana (el Arte y Ensayo, el underground, el indi...), como en su expresión populista (la Serie B y Z, el porno, el trash, etc.), tiene mucha mayor libertad para evitar el moralismo, generalmente zafio, de las producciones más estandarizadas del cine mainstream. Es lógico, ya que se trata de productos dirigidos a un público conocedor, que se mueven en parámetros económicos basados en ese público propio, y no en la necesidad de gustar a todo el mundo.
Últimamente las barreras se difuminan. Sagas como Saw o Hostel son productos para multisalas basados en la tortura. Lógicamente. El cine en sí es pornografía y exhibicionismo. Es espectáculo voyeurista y exhibicionista, y esa naturaleza se manifiesta en todos sus géneros y modelos. Inevitablemente, si algo da dinero (y el cine de exploitation lo da) será utilizado también, tarde o temprano, más o menos suavizado, por el cine comercial más standard. De hecho, lo que ha empobrecido el cine del Hollywood actual es su tendencia a fagocitar elementos de la Serie B y proyectarlos a través de producciones de Serie A, donde los aspectos más perturbadores e interesantes son suavizados y hasta eliminados, dejando solo la anécdota. Casos como el de Saw, Hostel o incluso productos más artísticos, como Kill Bill o, qué se yo, Funny Games, no cuentan, puesto que en realidad son fenómenos con un público (target, que se dice ahora) bien predeterminado, que después, por su capacidad para escandalizar o provocar, interesan a un público mayor... Mejor para ellos. De hecho, vivimos un momento en el que como bien saben los viejos popes de la Serie B, como Corman o Lloyd Kauffman, el Hollywood de las majors les ha robado su reino, despojándolo a la vez de gran parte de su atractivo, haciéndolo asequible al gran público.
Y el psychokillers pasa de ser un sujeto patológico a ser un (anti)héroe social.
Pensemos en Patrick Bateman o el reciente Mr. Brooks. Es una evolución natural en un personaje que manifiesta aspectos del ser humano negativos, pero investidos de atractivo inmortal: el poder de disponer de la vida de los demás sin escrúpulo alguno, de dar y quitar la vida, de poseer física y psicológicamente a quien deseemos... El psychokiller, que en la vida real es un enfermo generalmente patético y desgraciado, en la ficción es un superhombre nietzscheano. Pero esa es precisamente la gracia de la ficción y del arte: poder sublimar las peores realidades para destilar así gotas de belleza.
En Tinker belles and evils Queens, una lectura queer de Disney, Sean Griffin dice que sus villanas fundacionales (Cruela de Vil, Maléfica…) son drag-queen y los villanos (Sher Khan, Garfio…) gays. La apropiación es el ejercicio crítico postmoderno por excelencia. Todo grupo cultural puede (y quizá debe) apropiarse los mitos e iconos de la cultura de masas, para utilizarlos en su beneficio, para retorcerlos e incluso manipularlos, en lugar de ser víctima pasiva de los mismos. La apropiación por parte del colectivo gay de los iconos disneyanos es tan lógica como tópica, puesto que puede ampliarse a casi todo el cine clásico (los villanos son a menudo de gestos o características afeminados; las villanas son excesivas y apabullantes siempre...); hay también otros modelos de apropiación (Disney satanista, pedófilo, capitalista, comunista...), y todos ellos son lícitos en mi opinión... Siempre que resulten divertidos, estén bien argumentados y, sobre todo, generen a su vez visiones interesantes y novedosas. Ciertamente, como ocurre, por ejemplo, con el arquetipo del “aristócrata perverso” (que analicé con detalle en mi libro Los ricos también matan), a este suele acompañarle muy de cerca el del “villano homosexual”. No tenemos espacio suficiente para aproximarnos siquiera a dilucidar aquí por qué homosexualidad, elegancia, refinamiento y mal van tan unidos en la cultura popular... Pero como en el caso del psychokiller hay mucha distancia entre el arquetipo mítico y la realidad (con dar una vuelta por Chueca ya se le cae a uno el mito de la elegancia y el refinamiento al suelo...).
¿Cuál es la relación entre el mito y la realidad del psychokiller?
Una vez más la de un juego de espejos, que deforman, amplian o reducen el referente real, para introducirlo en el imaginario colectivo. La realidad médica, criminalística y social del psychokiller es mucho más triste que su reflejo en la ficción, pero es inevitable que hasta esta se haya contagiado de la mitología del psychokiller, figura que ha encarnado el Mal en la postmodernidad, en casi todas sus variantes, posibles e imposibles.
¿Y el origen del mito del psychokiller en la ficción?
En la ficción, el psychokiller posee muchos antecedentes: los científicos locos del pulp, los asesinos deformes del romanticismo -El Fantasma de la Ópera a la cabeza-, los monstruos humanos mitificados -Gilles de Rais, la Condesa Báthory, Vlad el Empalador...-, figuras folklóricas como el vampiro, el hombre lobo, el hombre del saco... Pero para que aparezca realmente la figura del psychokiller, estrictamente hablando, hay que esperar a que surjan también las condiciones científicas, industriales, criminalísticas y sociales que le identifiquen como tal. Algo que, por citar una figura clave, ocurre con la aparición del fenómeno Jack el Destripador. En él coinciden el inicio de la ciencia forense, el estudio de las enfermedades mentales y las psicopatías sexuales, el periodismo amarillo y la novela popular, etc., condicionantes todos que permiten que se le pueda clasificar sin duda como psychokiller en sentido estricto.
¿Y en el cine?
Difícil pregunta. Como en la literatura pulp, los primeros sean modelos románticos del asesino en serie: Erik, el Fantasma de la Ópera; el Dr. Jeckyll (mejor dicho: Mr. Hyde); el asesino de Los crímenes del Museo de Cera... Personajes todavía ligados al folletín y sus elementos románticos o pseudocientíficos. Quizá los primeros psychokillers “realistas” (sin por ello dejar de ser míticos) aparezcan en algunos films noir con toques de terror: El hombre leopardo, de Tourneur, según William Irish, sería un buen ejemplo de esto.
¿Cuál es el más célebre por su índice de popularidad, aportación icónica o adecuarse a su perfecta anatomía?
Ahí sí que ya es más complicado, porque habría que diferenciar entre los psychokillers con un tratamiento “realista” o los que aparecen ya como figuras prácticamente mitológicas, equivalentes modernos del monstruo clásico del cine fantástico. Aún así, qué duda cabe de que Norman Bates, que se mueve un poco entre ambos mundos, inspirado en parte en la realidad pero tratado cinematográficamente por Hitchcock como personaje de misterio y terror, con su parafernalia freudiana, su travestismo y su apariencia inofensiva, es uno de los más, sino el más, representativo psycho cinematográfico.
¿Y tus psicópatas favoritos?
Quizá mi favorito, en la vida real, sea Ted Bundy. Porque se trata de uno de los pocos (con Charlie Manson y algún otro despistado) que se ajusta casi al arquetipo mítico. Era guapo, ligón, culto (sabía chino, tenía la carrera de psicología, etc.), tenía pasta... Es decir, reducía al mínimo la condición de sordidez física, mental y social que suele darse en los asesinos psicópatas habitualmente. Eso lo hace más fascinante y menos transparente como imagen del mal.