En el número anterior, guiados por un insobornable entusiasmo, rompimos una lanza a favor del cine español que hoy sobrevive en la cartelera. Pero nuestras (esperanzadoras) predicciones fallaron. Salvo El Orfanato, que se adscribe a los cánones hollywoodienses y cuenta con el potente respaldo promocional de una tele privada, ningún estreno ha despuntado ni en taquilla ni en cuadros críticos. “Una película europea que guste mucho al público necesita un montón de tiempo para recaudar la primera semana de una requetesecuela de Hollywood. Pensemos que estrenan con seiscientas copias, así que con cinco o seis grandes producciones ya tienen ocupadas todas las pantallas. La competencia es imposible”, dice Emilio Martínez Lázaro, que el 19 de octubre estrena Las 13 rosas. Y algo de razón debe tener cuando trabajos con vocación comercial como ¿Y tú quién eres? o Salir pitando han tenido un discreto poder de convocatoria.
El mayor gancho de nuestro cine siempre han sido esos directores estrella que son garantía de calidad, pero, ante los próximos estrenos, nos asalta una duda: ¿Salvarán los actores el cine español? De esto sabe mucho el catalán Ventura Pons, que en Barcelona (un mapa) (19 de octubre) adapta un texto de la dramaturga Luïsa Cunillé y reúne a grandes del teatro como Nuria Espert, José María Pou o Rosa María Sardá. En un piso del Ensanche barcelonés, un anciano con gusto por el travestismo le pide a sus realquilados huéspedes que se marchen para morir en paz. El resultado es un (algo plúmbeo y acartonado) grand guignol en el que reincide en temas como la amistad, la muerte, la homosexualidad y la melancolía por el paso del tiempo. Y de tiempo, pero pasados, nos habla Emilio Martínez Lázaro, que en la hermosa Las 13 rosas conjuga memoria histórica y gran espectáculo narrando un tristísimo episodio de nuestra devastadora (pos) Guerra Civil: el fusilamiento, recién acabada la contienda el 1 de abril de 1939, de trece muchachas republicanas (¡ocho menores!) acusadas de conspirar contra el dictador. “El libro de Carlos Fonseca soltó las amarras. Me interesó su idealismo, rayando en la inocencia, y su respuesta, que se convierte en heroica de una manera natural, ante la crueldad y vesania de los verdugos”, comenta sobre este emocionantísimo melodrama coral que reúne a un deslumbrante plantel de jóvenes actrices (“nuestro mayor y único activo”, dice) en el que Verónica Sánchez, Pilar López de Ayala y Marta Etura navegan al frente. “Nunca, jamás, he tenido intenciones que encorsetaran la historia al servicio de unos presupuestos ideológicos o históricos, e incluso morales. Solo atiendo a los personajes y a la narración”. No se la pierdan.
En otro territorio de la memoria, el de la imaginación y la fantasía, se sitúa Oviedo Express (31 octubre), la nueva (inclasificable) locura del heterodoxo Gonzalo Suárez, que reúne a un mítico dream team actoral: Carmelo Gómez, Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú y Jorge Sanz. “Es una comedia irónica cuya acción transcurre en Oviedo porque le iba bien al relato Angustia de Stefan Zweig. Los actores constituyen un detonante vitalista y sarcástico que pone patas arriba la vida en la ciudad” declara en relación a los cómicos que llegan en el tren del título a la ciudad que Woody Allen tanto elogió para representar La Regenta. Vodevil desaforado, cuento mágico o ejercicio metalingüístico, el filme, genial y pedante, son muchos a la vez y gustará a los que huyen de corsés. “La mezcla de géneros, sobre todo si son degenerados, es mi manera de hacer cine con vida en lugar de disecar la vida con el cine”, dice, fiel a su inteligente sarcasmo.
El 9 de noviembre dos óperas primas aportarán la sabía nueva. El hombre de arena, drama amoroso de José Manuel González, empareja a los guapos Hugo Silva y María Valverde en un psiquiátrico extremeño de finales de los 60. Y la muy estimulante La torre de Suso, de Tomás Fernández, es un cruce entre la forma y el fondo de Bajo las estrella con los gags y personajes de la sitcom Siete vidas (de la que fue guionista). Javier Cámara, hijo pródigo que regresa a Asturias y se reencuentra con sus amigos, es el protagonista de esta divertida fábula tragicómica edificada sobre un mcguffin metafórico: esa torre cuya construcción delega Suso, víctima de la droga, a sus amigos. “Si no puedo hacer las pelis que me gustan, pues a otra cosa, que la vida es muy puñetera y se acaba cuando menos te lo esperas, y si no que se lo pregunten a Suso”, dice su dire sobre la cansina crisis de nuestro (a ratos grande) cine.