A los modernos les encanta verse como crooners, que su público los llame así, y encima creérselo. Adam Green, que lleva en esto desde que la pubertad le cambió la voz, se empeña en serlo, un cronista de la agridulce vida urbana, y tiñe sus temas con un halo adulto que le va grande, porque es un crío con poco más que explicar que su último desengaño amoroso.
Lo que no se le puede negar es su firme propósito de conjugar el pop de los 50, el blues-rock, y el folk urbanita –eso que se vino a llamar anti-folk–; incluso, por momentos, rapea. Sin decir cosas demasiado interesantes al menos consigue hacer discos divertidos, como éste.