El histrionismo se vende bien. Lo saben Anthony and the Johnsons, Marc Almond o el transexual más contradictorio de la historia del pop reciente, Baby Dee. Siempre despeinado, con un aspecto tan extraño que a veces podría pasar por un rudo caminero, y otras por una cursi camarera, Baby Dee, protegido de David Tibet y del mismo Almond, posee una extraordinaria y dulce voz más propia de una ninfa que de un vodevil de entreguerras, lugar natural para una música como la suya.
La nueva entrega de esta mujer atrapada en el cuerpo de un hombretón significa su debut en Drag City, sello madre de la independencia, y su confirmación como figura mayor de la torch song añeja y rimbombante.