Como una suerte de Chico Ostra en femenino, si es que tal cosa es posible, la sueca Billie Lindahl se hunde en oscuras pesadillas de alcoba infantil que delimita con un paisaje de azulado frío acústico. El contraste, al menos físico, hace colisionar lo onírico de toda infancia con la espantosa realidad del que no puede entender los altibajos sentimentales de la edad adulta.
Como su compañero de sello, el laureado de José González y su folk susurrado de anuncio, el debut de Promesa y Monstruo (literatura infantil de alto vuelos, parece) intenta sonar como si los Mazzy Star, aparte de crípticos, hubiesen querido sonar demasiado dramáticos. No hubiera funcionado, pero el intento Lindahl no es en absoluto deleznable.