El baile

Escenografía para un baile sin máscaras

Como demostraron Andy Warhol con su gran creación, la Factory, o Truman Capote con aquella mítica fiesta “Black and White” (por la que algunos se suicidaron al no ser invitados), el escenario de la diversión es una parte esencial ya que es el elemento de distinción que puede aportar una sofisticación más allá del olvido. Y en España, el barcelonés Max Glaenzel es, sin duda, uno de los escenógrafos más exquisitos. Allí están sus trabajos para Sergi Belbel (Sóc lletja o Dissabte, diumenge i dilluns) o su premiado trabajo para la arriesgada escenografía de 2666, adaptación de la novela de Roberto Bolaño a cargo de Álex Rigola y el Teatre Lliure. Glaenzel, además, está de plena producción de El baile, que puede verse en el Teatre Nacional de Catalunya de Barcelona hasta el próximo 3 de enero, y durante un mes, desde el 14 de enero en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán de Madrid.

Es la adaptación de una obra de la escritora francesa Iréne Nemirovsky ambientada, precisamente, en una juerga. Lo que no contamos es cómo acaba.

Glaenzel no duda que un espacio para una fiesta pueda convertirse en una obra de arte, aunque confiesa que jamás se ha puesto a discurrir sobre cómo sería “su” fiesta. Para el escenógrafo, sin embargo, lo mejor de las fiestas es “tratar con la gente de una forma distinta a cómo sueles hacerlo. Por ejemplo, después de los estrenos, cuando sales a celebrarlo siempre me provoca mucha curiosidad relacionarme con las personas con las que he estado trabajando en un contexto tan distinto. Por eso, creo que la mejor fiesta es aquélla que permite perder un poco el control, mostrar otro rostro”. Aunque confiesa que ha disminuido el ritmo de escapadas nocturnas, también añade: “Siempre me ha gustado la juerga. Yo creo que todos tenemos una fiesta emblemática en nuestro recuerdo, ésa en la que pasaron muchas cosas”. Y puestos a celebrar, Glaenzel optaría por una estética sobria y barroca al mismo tiempo: “La fiesta ideal debería ser una combinación de ambas cosas. El exceso puede ser muy divertido pero lo mejor sería poder escoger el ambiente”.

Eso sí, el barroquismo no iría acompañado de disfraces: “La máscara puede ser muy atractiva, hay algo muy perverso en ello que es seductor, pero nunca he sentido demasiado afinidad por esa iconografía. No creo que sea absolutamente necesario disfrazarse, de hecho creo que no lo hago desde la adolescencia”. Eso sí, Glaenzel estudió diseño industrial, y de allí vienen sus raíces en el pop: “Provengo del mundo del diseño, y desde luego me siento muy cercano a esa cultura”. Así que los invitados a la fiesta ideada por este escenógrafo deberían prepararse para el colorido explosivo que define a esa estética, eso sí, con toques futuristas: “Prefiero una fiesta temática sobre el espacio y los astronautas que sobre los hombres del Cromañón”. Y aunque su ciudad, Barcelona, haya sido tradicionalmente la capital del diseño, tampoco le parece obligatorio celebrarla allí: “Madrid está actualmente al mismo nivel. Además, allí se hacen más cosas”. Porque, ahora que lo piensa, Glaenzel espera que alguien le encargue algo que nunca había sospechado: una fiesta como Dios manda. 

Texto: Juan Sardá

El baile. Del 14 de enero al 14 de febrero
Sala Francisco Nieva del Teatro Valle Inclán

Escenografía para un baile sin máscaras