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Nunca es demasiado tarde

Texto: M. Q

Dirigida por Uberto Pasolini y protagonizada por un contencioso Eddie Marsan, narra el día a día de un empleado de un ayuntamiento inglés. En su labor diaria, se enfrenta a la soledad más absoluta de los solitarios que pueblan la tierra. Aquellos al que la historia olvidó en vida y al que la historia da la espalda en el recuerdo. Y él, un aparente anodino e inexpresivo funcionario, con la voluntad de completar los espacios vacíos de las vidas que caen en sus manos, intenta llenar sus tumbas con la presencia de los amigos y/o familiares que amorosamente busca por doquier. ¿Una persona que cumple con su trabajo? No, un ser que va más allá del deber.

Es un relato sobre muchas cosas, pero la soledad lo preside casi todo. Es como un círculo de soledad donde el protagonista trata de liberar buscando incesantemente el círculo más o menos imperfecto de la amistad perdida. Es una especie de reto de soledad contra soledad, un relato pugilístico para ganar al tiempo, el tiempo ido de la amistad, o del simple conocimiento o reconocimiento del otro.

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Un esfuerzo titánico por recomponer las vidas que se han perdido en los vericuetos de la historia; una búsqueda de la sinfonía perdida en el acto de vivir o de malvivir. Un esfuerzo solitario, desconocido, no reconocido, descorazonado, a veces, sobre la leve urdimbre que nos ata y desata a otros seres humanos.

Son los ojos del buscador de lazos de comunicación con las personas desaparecidas los que nos muestran la perfecta empatía que late en su gran corazón. los destellos de sus ojos delinean mejor que nada la perfecta armonía de su escaso modelo gestual. Película de verdad profunda que muestra que los héroes no necesitan coraza para enfrentarse a la vida....y a la muerte.

Nunca es demasiado tarde