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Alud. Huracán emocional

Texto: Antonio de Pinto. Fotografía: Andrea Mazas. Intro: Esther Ordax

Conocí a Antonio hace más de dos décadas, fruto de la casualidad, la causalidad y de una bonita relación espaciotemporal. Por entonces él estudiaba Ciencias Químicas, pero me temo que sus ecuaciones emocionales le llevaban ya por otros terrenos artísticos. Desde entonces su flechazo por la música ha pasado por más de 300 conciertos y siete discos. Ahora, acaba de hacer doblete: Alud, autoeditado a través de un exitoso crowdfunding; y Ventanas, recopilatorio grabado junto a Antonio Toledo. Me quito el sombrero ante este cantautor con talento que 'tiene los ojos puestos en un horizonte siempre mejor' y que hoy, más de dos décadas después sigue enamorado de la música.

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Mi estado sólido tiene las garras de un animal, los sueños y las metas de la especie vegetal. Solo hace falta un poco de calor para pasar al estado líquido, romper la piedra en que me había convertido y dudar, pararme a dudar si el anciano que me espera al final de este trayecto se sentirá orgulloso de mí, decidir entre ser responsable dadas unas circunstancias o serlo de un modo más absoluto. Solo hace falta un poco más de calor, que alguien mueva algo en la ladera de la montaña para que se produzca el desprendimiento y arranque el alud. Somos fenómenos naturales.

Llegado a este punto, puedo quedarme con el sombrero puesto y continuar sobre un suelo de plexiglás y un cielo de mentira haciendo de la frivolidad un modo de vida, o soltarlo y encender la máquina de volar en busca de boas y elefantes. Si decido quitármelo, deberé ponerme al día con mi nueva verdad y entregársela a los míos, organizar un gran banquete y, al final, escanciarla aun sabiendo que seré el plato principal.

No hay garantías ni avales y, además, en el nuevo tablero ya no valdrá volver atrás. Hay que volver a empezar y hay que hacerlo bien, comprender de una vez que el amor es como una fuga en música, dos melodías que a veces confluyen para ensanchar la belleza, y que forzar el unísono puede despertar el tambor de guerra y hacer que esas dos melodías se conviertan en piezas separadas.

El amor también debe hacer que dejemos de mirar el mundo a través de un ojo de buey y nos sumemos a él, nos impliquemos en él. Puede conseguir que allá donde vayamos tengamos una casa, un lugar donde nunca puedan cortar las luces, que caminemos y seamos paisaje en este paseo por las teclas que conforman nuestra melodía. Si negara la negras, oscurecería las blancas y este piano dejaría de sonar, sería un canto mudo, falto de interés, mediocre.

Quisiera tocar todas las teclas, llegar por fin al día de hoy mientras agarro con una mano el pasado y con la otra el futuro, trepar por los nudos de la edad para acercarme a lo que soy. Una gran intro ha dado lugar a una coda, un final inesperado hacia el que la sangre me empuja mientras el mundo me grita que vuelva. Pero es así; en este huracán, el futuro que hay en mí quiebra el pasado, un pasado que siempre me acompaña por mucho que quiera alejarme de él convirtiendo muchos días en una especie de cucaña resbaladiza. Los hechos tienen consecuencias pero... arriba, en el mirador, me espera la serenidad, entender que, al fin y al cabo, solo soy uno más en esta historia, pero uno que ha resuelto escoger su camino.

Hoy miro atrás y quiero soltar cualquier odio. Veo una luz que quiere borrar de golpe algo que había mal en mí. Hoy dejo que el azar juegue sus cartas. Me siento rey y juglar. Mi rabia es un niño pequeño que está aprendiendo a hablar. Ahora cada vez que rezo mato a uno de los dioses que me enseñaron en la escuela. Ahora aprendo a dialogar con otro dios inventado al que llamo amor. Y a veces, incluso, responde. 

Conciertos: 27 de marzo. L’Oncle Jack (Hospitalet). 

Alud. Huracán emocional