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Smart Cities, la utopía posible

Por Jaime Casas

¿Qué es una ciudad inteligente? ¿Qué aporta a nuestro entramado social y vital? El concepto se ha inoculado en las políticas urbanas en el momento en el que las ciudades parece que van a tomar un renovado protagonismo político. "Es una evolución de la sociedad sostenible y la ciudad digital. Quiere dar respuesta a los retos de sostenibilidad, participación ciudadana y colaboración". 

Así se expresa Pilar Conesa, pionera en España de las Smart Cities y directora del Smart City Congress de Barcelona, una de las citas de referencia a nivel mundial. Sobre el papel, el concepto dibuja un futuro para las ciudades en el que no sólo pone en valor los problemas venideros en el ámbito urbano, sino que intenta resolverlos.

Rubén Martínez, investigador, miembro de la Fundación de los Comunes y parte activa del Observatorio Metropolitano de Barcelona, resuelve en otro sentido: "En gran parte, su genealogía (la de la smart city) pertenece al utópico mundo en el que el desarrollo de medidas tecnológicas es la principal medida para resolver problemas urbanos" Y añade: "Creo que tiene mucho de hype y que en muchos casos es una manera de producir un paraguas conceptual sobre acciones muy puntuales que en absoluto se pueden pensar como un modelo de planificación urbana”. 

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Al tiempo que languidece el poder de los gobiernos nacionales en aras de poderes supranacionales, el protagonismo de las administraciones municipales está llamado a reinventar el modo en cómo interactuamos con la política y la tecnología. "Creo que el cambio político está en la forma de entender cómo se resuelven problemas urbanos o cómo se mejoran los servicios de la ciudad", comenta Martínez.

"No podemos hablar de 'ciudad inteligente' si el ciudadano no es parte activa", piensa Conesa. La formulación de las nuevas ciudades pasa por la participación de la ciudadanía, de la implementación de la cultura de la colaboración; y por una utilización lógica de la tecnología. La utopía digital, que tan ampliamente ha calado sobre el discurso político urbano, no soluciona los problemas reales de las ciudades en las que vivimos.

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"Creo que es interesante pensar que efectivamente las tecnologías pueden solucionar problemas urbanos, pero es muy pobre limitarnos a que las tecnologías sean sensores urbanos que una empresa usa para recoger datos que ni siquiera son públicos y con ello prometa resolver problemas de movilidad, gestión de residuos, medioambientales, etc", entiende Rubén Martínez, que desde su labor como investigador denuncia los planteamientos reduccionistas de las políticas de las grandes capitales españolas. Y añade: "esto ni va al origen del problema (más bien, intenta resolver los efectos que produce el tramo final del problema) ni logra entender el contexto social de la tecnología".

Pilar Conesa piensa que el cambio ya está aquí y no podemos obviar el auge y papel de la tecnología en nuestras vida. "La tecnología ha evolucionado a través de los teléfonos, de la Internet of things; sensores de agua, energía, de luz"…  Los avances tecnológicos, piensa, "pueden ayudar a dar respuestas y soluciones. Se deben habilitar cambios de modelos para los retos de sostenibilidad". Y, muy importante: "cambiar los hábitos de comportamiento".

Por ejemplo, y adelantándose a políticas como la que implementará el Ayuntamiento de Madrid a partir del próximo enero en el centro de la ciudad, Conesa piensa que el uso del coche se debería restringir en los centros urbanos. "La gente joven utiliza bici y el coche compartido. Este cambio de habito va impactar de forma muy importante, en cómo la tecnología es capaz de cambiar la forma de comportarnos". 

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En este punto, entra en liza otro concepto del cual oiremos hablar con frecuencia en el discurso político municipal y el relato urbanístico: el smartcitizen. El término entiende que hablar de ciudades y ciudadanía no sólo pasa por fomentar el mejor control, uso y eficiencia de las infraestructuras, sino que también debe democratizar la información en sus diversas acepciones y escalas: "open data", "open city" y "open government". Así aumentará el conocimiento y la implicación ciudadana, ya que ambos en su conjunto permitirán mejorar nuestro hábitat y nuestra calidad de vida.

"La smart city requiere soluciones transversales", sostiene Conesa. Sin duda, los cambios políticos son "los más complejos, porque requieren una visión integral de las actividades de un ayuntamiento, pero todavía estos cambios no se han implementado". La directora del Smart City Congress lo tiene claro:

"La administración debe pasar de ser proveedor a ser facilitador", dice. "El ayuntamiento debe facilitar el espacio urbano. Publicar información en 'abierto' (open data) para que haya emprendedores que desarrollen servicios con esa información". Mejoraría así nuestra vida en todos sus esferas: económica, social, política. Conseguiríamos una ciudad más participativa.

Sin embargo, es cierto que la innovación social es un recurso demasiado arrojadizo que todavía no se usa con la voluntad que demanda el activismo social y las apremiantes necesidades de nuestros municipios. "La innovación social es un marco escurridizo: tanto se usa para hablar de emprendedores que dan respuesta a problemas sociales que antes resolvían las entidades públicas como para hablar de comunidades excluidas que se auto-abastecen debido a la retirada de la asistencia pública", sentencia el investigador. 

Smart Cities. La utopía posible