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La luz de la vida
 
Por Henar Ortega · Foto Plancton Luminiscente en Penmon Point (Reino Unido) 
 
Con el nexo común de la vida marina bioluminscente conectamos un relato autobiográfico sobre una noche inolvidable y una entrevista con uno de nuestros cocineros más innovadores, Ángel León, que el año pasado presentó en Harvard a este plancton como ingrediente revolucionario en sus platos.
 
Premio de una noche de verano. Era el verano del 2013. Había tenido unos meses previos, cómo decirlo, bastante intensitos en lo profesional y en lo personal. Pero las vacaciones estaban ahí y Galicia me esperaba. Había quedado con dos buenas amigas a las que no veo con tanta frecuencia como me gustaría y todo salió, como era de esperar, de perlas. Es que las Rías Baixas son un paraíso estival, sobre todo cuando hace bueno: playa, hincharse a berberechos y otras delicias a la fresca, conciertos en El Náutico de O Grove, baños gélidos para despejar las amodorrantes resacas…
 
Y un planazo a la vista: coger un barquito como el de Los Lunes al sol y disfrutar de un par de días en ese oasis que son las Islas Cíes. Agua turquesa, arena blanca, nosotras, el camping, y jornadas perezosas por delante, ¡qué más se puede pedir! Pues que nos tocara la lotería. Y no es un decir... ¡nos tocó!
 
Estábamos por la tardenoche al fresco ya ataviadas con forros polares (sí amigos, en Galicia el 15 de agosto hace bueno, pero sin pasarse) tomando tan ricamente un Cola Cao (así fue, voy a ser fiel a los hechos…) y allí mismo nos dio por comprobar un cupón de la ONCE que habíamos comprado de una forma muy casual horas antes. 'Siete, cinco, ocho, seis, cuatro...', enumeraba a mis amigas leyendo la pantalla de resultados de sorteos desde el móvil. Y ellas, ojipláticas, empezaron a reír sin parar, espetando un '¡estás de coña, no puede ser!'.
 
Pues sí, lo fue. Teníamos un número premiado. No con el gordo pero, oye, nadie le hace ascos a doscientos y pico euros, sobre todo en vacaciones. y, qué narices, no nos íbamos a quedar nosotras sin la ilusión de poder decir 'nos ha tocado la lotería'. De verdad, era una señal. Pero no sería la única.
 
Tan felices tras conocer nuestro nuevo presupuesto extra, corrimos al restaurante que hay en el embarcadero nada más llegar a la isla. ¡Había que gastarse esa panoja! y aquel era, seguro, el sitio adecuado donde cenar como marquesas (vestidas con leggins como de dormir y forros polares, pero ese es otro tema…). Así que nos metimos entre pecho y espalda una cena maravillosa al borde del mar, con las olas más fuertes salpicando nuestra mesa y delicias por doquier. Una luna radiante iluminaba la escena. Y de postre, licor café. Y de repostre, copas. Y bailes. 
 
El lugar se fue llenando de gente, almas solitarias que buscaban algo de movimiento en la tranquila isla. ¡Incluso aparecieron en barco unos que venían de despedida de soltero, que atracaron y se unieron! Estábamos en el centro neurálgico de la tierra. Esa noche, ese sitio.
 
Nada podía ser más mágico ni más divertido. Era imposible. O eso creíamos hasta que en un arrebato de diversión veraniega sin límites y asalvajamiento de urbanitas en la naturaleza, nos pareció una gran idea lanzarnos corriendo a esas gélidas aguas a bañarnos en pelotas.
 
Pero, ¿qué pasa aquí? ¿esto qué es? ¿está vuestro barco iluminado? La respuesta era no. Boquiabiertos, hipnotizados, perfectamente conscientes de que lo que estábamos viendo y tocando, empezamos a chapotear, a gritar, a cantar, a bailar y jugar con esa agua en nuestras manos, observando la preciosidad de textura y color fosforescente que adquiría. Parecía agua densa y fosforito. Parecía Blandiblú. Y también parecía que el mundo se detenía esa noche. Que esa luna llena quiso que estuviéramos allí las tres, que nos tocara la lotería, que nos riéramos de esa manera después de meses. 
 

Existen los mares fluorescentes