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Así se cocina la revista El Duende
 
 
Para hacer El Duende se necesita primeramente un caldo caliente de ilusiones y que hierva cada mañana la pasión hasta en el crudo invierno de un cierre.
 
Añadir un sofrito marinero de viajeros incansables, de ilusos que hacen a diario la ingrata calle de las letras, de amantes, románticos suicidas, que se entregan a la búsqueda de la belleza y del arte sin concesiones.
 
Usar unas alas afiladas para picar la cultura en pequeñas dosis de felicidad y batirlas junto a unas letras de insomnio, imágenes arrebatadas al delirio y los trazos de luz de la punta de un lápiz. Cortar la esperanza por capas y reservar el jugo del lagrimal.
 
Condimentar con especias de dríadas, de sátiros, de arpías, de quimeras, de ondinas, de gárgolas, de súcubos e íncubos. Vestir el fino hojaldre con las mejores galas en una tarde gitana y aderezar el relleno con sal de papel del Himalaya y pimienta de negra tinta de Sichuán.
 
Rezar porque en la base cuaje un anuncio de un perpetuo embarazo y que tú, amor, abras tus labios a este pan de ácimo de letras sin levadura que la noche arroja en cada esquina, como la luna arroja en los charcos las estrellas.
 
Y el enorme deseo de besarnos y que el paladar más exigente se complazca al vapor de Lorca y de Larra.

La receta de El Duende