Julian Schnabel

Julian Schnabel

Bucear en el silencio

Julian Schnabel ha traspasado las fronteras del arte tras convertirse no sólo en un referente de la pintura figurativa sino también en un director de cine atípico que desarrolla su ingenio contando pasajes reales de otros artistas, mezclando a la vez lo trágico con un especial humor, con el que pretende acercar más a estos personajes al gran público. La relación de amor tan especial entre Schnabel y Donostia sigue viva tras la magna exposición de sus últimas obras organizada en la ciudad y la exhibición de sus dos últimas aportaciones al séptimo arte en el Festival de Cine de San Sebastián, Berlín y La Escafandra y la Mariposa (estreno: febrero 2008). Especial relevancia tiene esta última cinta donde el genio buceó en los silencios, en el mundo interior de las palabras y en las emociones que no se pueden expresar de viva voz.

¿Cómo fue su primer contacto con La Escafandra y la mariposa? Tenía un amigo que enfermó de esclerosis múltiple y al final de su vida no podía hablar y estaba postrado en una cama, por lo que yo me acercaba a leerle. Un día un enfermero me regaló el libro de La escafandra y la mariposa y, años después, cuando mi padre enfermó de cáncer, yo solicito que sea el mismo enfermero quien lo atienda, con lo que el libro y el guión volvieron a mi cabeza. Aunque tenía miedo, yo quería rodarlo debido a que es una película que necesitaba para encontrar un nuevo sentido a la vida.

El espectador nace a la película al mismo tiempo que lo hace el protagonista. ¿Cuál es su intención? Creo que esa es una buena forma de abrir la película. No necesito explicar qué ha ocurrido antes, ni preparar al público durante diez minutos para que entienda el tratamiento del cuento. La cinta empieza y tú estás ahí, de forma que la gente en un minuto sabe que él no puede hablar y comprende la situación que está viviendo. Era interesante hacerlo así dado que no hay muchas películas que lo hagan.

¿Definiría la historia como un canto a la soledad o a la incomunicación actual? Lo que más me gusta del tratamiento es que el público se convierte en confidente del protagonista. Los espectadores son los que saben qué piensa y cómo lo hace, lo cual es bueno para acercar al personaje. Creo que hay un poco de ambas cosas.

En cualquier caso, la conclusión final viene a decir que aprovechemos la vida al máximo... Sí, lo que quería decir es que la gente agarrara la vida y viviera el presente. Esta persona pudo informar de un lugar y de un estado que yo contemplaba como claustrofóbico y, al igual que le pasó a él, podía pasarme a mí. Él se siente como un elegido, que había renacido como otra persona, por lo que replanteé la película como algo diferente. La cinta hace que la gente esté contenta cuando sale del cine y busque abrazarse a los suyos, estando satisfechos con lo que tienen. El protagonista había tenido una vida normal, también de éxitos, pero en cierto modo estaba muerto hasta que se paralizó y entró en coma. Es una película sobre la conciencia. Todos vamos a enfermar y morir, también la gente que está cerca, por lo que la vida no puede ser temor o caos, hay algo más. El hecho de que pudiera hacer cosas y escribir ha ayudado a otras muchas personas a perder el miedo a la muerte.

¿Optó por rodar la película en francés por aquello de ser más fiel a la realidad? La cinta la quería hacer en francés porque todos los hechos que se cuentan pasaron allí, en un hospital francés y a un escritor francés.

Se utiliza la perspectiva del ojo como un cómplice para situar al público en el eje de la acción. ¿Cómo afectó eso al rodaje? Una de las razones de ser de la película es el punto de vista. Me gusta rodar algo donde la gente sienta lo que está pasando, no que sólo vea lo que ocurre a una tercera persona. Fue más complejo el rodaje, pero nada es fácil y era una oportunidad para mí filmar una película de esta índole. El espectador debe saber que va a ver cosas que normalmente no se contemplan en otras películas, algo que percibe desde el principio, cuando ve a un tipo que no puede moverse. Intenté reconstruir su habitat con la idea de que la gente se diera cuenta que puede mirar el mundo y no ver nada o contemplar una esquina de la habitación y ver el mundo.

Uno de los comentarios sobre La Escafandra y la Mariposa es que trata la historia huyendo de sentimentalismos. ¿Está de acuerdo? No soy una persona sentimental, soy emotivo, pero no tengo necesidad de incluir música ni una banda sonora especial para remarcar ciertas escenas. Yo odio las películas que son excesivamente sentimentalistas, aunque no hay que confundir el sentimiento, que es muy importante en la película, del sentimentalismo, que puede matar la obra y hacerla aburrida. Intentamos que, ante todo, la historia resultase divertida, como en el momento en que se le enseña a deglutir o la escena en la iglesia. En este apartado, mi único mérito es haber elegido un buen reparto.

¿Tras Basquiat, y Before Night Falls, no cree que se está especializando en rodar películas un tanto tristes donde siempre muere el protagonista? Me gustan este tipo de historias. No sé si un día podré hacer una comedia. No obstante, creo que mis películas también son divertidas, con un especial sentido del humor. La vida es así, triste y feliz, todo mezclado. En la película intento conformar la poética de Jean-Dominique Bauby y traducir su humor y sus intenciones en la película.

¿Qué parte ocupa el cine dentro de su universo creativo? En verdad, no puedo separar el cine de mis cuadros. La gente me pregunta eso porque no saben que cuando estoy filmando muchos aspectos me vienen de mis pinturas. En este punto siempre digo que yo puedo trabajar sin gente, a diferencia de otros directores que necesitan un equipo, algo que yo considero un impedimento. Los profesionales pueden ayudarte, pero si no saben qué hacer o no entienden la intención, pueden acabar con la espontaneidad y los impulsos artísticos. Los actores y los técnicos me ayudan, son el nexo con la historia, pero cuando pinto o cuando ruedo necesito libertad total, sólo me comunico conmigo mismo.

¿Qué sintió la primera vez que oyó tocar a Lou Reed, al que ha dedicado Berlín? Fue en 1967 en Texas durante una competición de surf. Yo era de Nueva York y echaba de menos la ciudad, por lo que sus sonidos me cautivaron, permitiéndome casi ver la parte oeste. Yo me dije, cuando lo escuché por primera vez, "ojalá pudiera tocar así". Sobre el disco Berlín de 1973 le diré que incluso me provocó en 1976 un viaje a Alemania donde me di cuenta que Lou nunca había ido allí, que se inventó la historia.

¿Cómo se grabó el concierto que conforma la película? El disco ha significado mucho para mí. En 1987 escribí un libro acerca de sus notas, de formación para artistas, y fundí la historia del libro y el disco en una película que quise hacer y nunca llevé acabo. Lou se enteró de esto y cuando aceptó tocar el disco de nuevo quiso que lo hiciese yo. Trabajamos gratis para hacer una película del concierto. Tenía claro que no quería grúas para acercarme a él como un retrato. Así que lo mezcle todo para sacar un cuadro suyo, Berlín no es un documental ni un musical, es un híbrido.

¿Qué significado tiene para usted San Sebastián con dos películas proyectadas con éxito en el último festival y una exposición de sus cuadros? Obviamente, para mí es el centro del mundo. Mi relación con la ciudad de San Sebastián me viene a través de mi mujer, pero son muchos años apreciando su calidad de vida y su impulso creador.

Texto: Francisco Palma. Imágenes de la película La Escafandra y la Mariposa

 

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