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Ilustración abogados del diablo

ABOGADOS DEL DIABLO

literatura

Elvira Navarro

¿Es legítimo hablar de una literatura femenina cuando nos referimos a obras cuya voz y temas dependen de la condición sociosexual de las mujeres que las escriben?

Plantear a estas alturas semejante cuestión, pensarán ustedes, no tiene sentido. La respuesta es obvia. Tanto es así, que voy a ahorrarles la mía. He de confesar que me importa un pimiento contestar, pues mientras me entretenga en defender o atacar la pertinencia de tal denominación, sólo alimentaré un problema espurio, radicalmente falso.

Las novelas de Dostoievski, por ejemplo, son, a la par que universales, rusas, y los conflictos que plantean hunden sus raíces en una tradición cristiana. Que sea ruso y se inspire en el Nuevo Testamento no dice nada sobre el alcance de su obra. Lo decisivo se juega en otro sitio. Este preámbulo es innecesario, y sin embargo conviene hacerlo, ya que el asunto de la literatura femenina es consustancial a una pérdida de lo evidente.  Por otra parte, no son pocas las veces en que dicha evidencia, la de que es la calidad lo que al final importa, se impone como conclusión del debate, y los contendientes fuman la pipa de la paz sin saber muy bien a qué venía tanto jaleo con la literatura femenina.

La guerra volverá a estallar tarde o temprano; en el fondo nadie ignora qué se esconde tras la etiqueta, y sus defensores y acusadores siempre interpretan el papel de abogados del diablo. Los defensores piden una revisión del terreno donde se juega el partido. En su configuración, dicen, hay elementos que favorecen a uno de los equipos. Hablando en plata: entre dos novelas perfectísimas, la que esté más cerca del gusto masculino tendrá un misterioso plus de importancia. O bien: la pesada sentimentalidad femenina es un defecto, el cinismo machacón masculino, una virtud. Razón, desde luego, no les falta; aun así, su reclamo se topa con la carga peyorativa que la designación arrastra, amén de la imposibilidad de su justo complemento: la literatura masculina. Que nadie se lleve las manos a la cabeza: al dar por válida la existencia de una literatura femenina, en lógica consecuencia se debe señalar su convivencia con una literatura masculina, cuyo tema y voz son (o están flagrantemente pasados por el filtro de) la idiosincrasia varonil: Céline, Bukowski, Henry Miller, Svevo o Houellebecq, por citar a algunas eminencias. Siguiendo esta lógica, es posible hacer una tipificación interminable, lo que significaría la pérdida del sentido de la literatura, que jamás convierte la condición en finalidad. Para eso ya está la chusma política. 

Los acusadores, en cambio, son contradictorios; al afirmar que no existe la literatura femenina ni de ninguna otra clase, lo que pregonan es su creencia a pies juntillas en la inmaculada concepción del juicio estético, el cual habrá de solucionar las injusticias mediante, oh casualidad, la incorporación de los elementos que permiten adjetivar el arte. La pureza, ya saben, es doctrinaria.

En fin, literatura femenina. Reveladora aporía. Elvira Navarro (Huelva, 1978) es escritora. Su libro, La ciudad en invierno, está editado por Caballo de Troya.


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Por Elvira Navarro
Foto: Nuria Cuesta
Revista 82 (15/02/2008 a 15/03/2008)


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