Para unos, base insustituible del idioma, para otros, cementerio de la lengua; los diccionarios no dejan a nadie indiferente. Provocador como siempre, Trapiello se dedicó a repasar su diccionario de cabecera, que no es el de la RAE, ni el María Moliner, ni el Casares –los tres tenores en esto de los inventarios lingüísticos-, sino un viejo diccionario ilustrado de la editorial de Saturnino Calleja que tiene ya casi un siglo.
Para volver a demostrar que lo eternamente moderno, lo siempre nuevo –que algunos llaman poesía y otros llaman vida- está construido sobre la base de las más sólidas tradiciones. La edición, que ha incluido las ilustraciones que realizara Javier Pagola para su publicación seriada, durante un año, en La Vanguardia, se convierte en un traje único para este fascinante viaje al corazón del lenguaje, y por extensión del mundo.