Todavía tiene ese halo romántico, que lo emparenta con la genialidad: “Es autodidacta”. Y parece que es mejor profesional por serlo. Pero la realidad es que la sociedad en que nos movemos no tolera más autodidactas que los de las disciplinas artísticas. ¿Usted se dejaría operar por un cirujano autodidacta? ¿Usaría un puente diseñado por un ingeniero autodidacta? Evidentemente nadie lo haría de un modo consciente. Requerimos una formación reglada y exigente para los profesionales, pero sí que podemos permitirnos lujos como los artistas autodidactas, que no sólo no hacen daño ni ponen en peligro a nadie, sino que son la mar de resultones en las conversaciones. Ese chico raro que aprendió por sí mismo a hacer estatuas con la pieles de patata y ahora se lo rifan los coleccionistas de arte contemporáneo. Hoy a nadie le preocupa que Shakespeare pudiera tener una formación mejor o peor, lo que le interesa es que leen El rey Lear y se les caen las lágrimas. Nadie le pide un título académico, una formación, para bien o para mal, a un autor del pasado.
Y a menudo olvidamos que eso que se ha dado en llamar autodidacta es, en realidad, algo que no existe. Poniéndonos estrictos sería “alguien que ha aprendido por sí mismo, sin instrucción”. Pero nunca encontraremos a alguien así, porque ha necesitado leer, ver, escuchar, los trabajos de otros que hubo antes que él para encontrar su camino. Miguel Hernández aprendió a versificar con los libros de los poetas del Siglo de Oro que le daba el cura del pueblo cuando salía a pastorear. Cómo se puede decir que el poeta de Orihuela aprendió a escribir por sí solo. No, aprendió gracias al sacerdote y a los grandes poetas áureos españoles. Tuvo dos maestros al menos: los poetas y el párroco. De hecho, el buen maestro no es el que enseña, sino el que empuja a investigar. Y luego, todos somos autodidactas impulsados por esa curiosidad.
Quizá el único autodidacta de verdad fuera el primer hombre que pintó algo, el que amasó el barro o talló la piedra por vez primera, el que garabateó algo parecido a unas letras en un papel. Ellos sí fueron autodidactas, pero nunca fueron artistas, porque en la intención primigenia de su acto creador nunca pensaron que hacían arte, sino tan sólo un gesto, una acción, cualquier cosa menos arte.
Y de aquí surge el siguiente problema: no existe artista alguno autodidacta. Todos han aprendido a serlo, a saber en qué consiste el arte y a lanzarse a trabajar. Un modelo, un maestro, alguien a quien imitar o de quien han aprendido. Pero nunca un deseo espontáneo, libre, carente de toda semilla inculcada por el conocimiento de las obras de los artistas que les precedieron.