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Okkervil Rive

Okkervil River

Música

Baladas asesinas

El cuarto disco del grupo liderado por Will Sheff, el roquero más melodramático de Tejas, los consolida como la más firme apuesta americana entre la nueva hornada de los grupos de rock independiente que realmente importan y tienen algo que decir.

Un torrente inacabable de palabras y sentimientos es lo que provoca de The stage names (Houston Party, 07), cuarto álbum de Okkervil River. La nueva entrega de los de Austin es divertida, triste, exuberante, contradictoria, elegíaca, una explosión de sensaciones que ha convertido el rock de raíces primigenio del grupo en un pop tan infeccioso como inteligente. Un auténtico punto y aparte en la carrera de un grupo inmerso de lleno en la independencia. “Es realmente curioso porque yo me siento igual que con cualquiera de los anteriores discos –asegura Sheff-. Lo que sí creo es que hemos estado dando guerra durante bastante tiempo y ha llegado un punto en el que podemos decir que la gente puede apreciar lo que hacemos”. Aunque sea un paso adelante, firme y evolutivo, Sheff no oculta sus temores ante esta supuesta madurez mediática que todo lo puede: “lo que me preocupa es que podamos caer en tópicos. Este disco parece que ha extendido y consolidado nuestro prestigio, pero esto se puede volver en nuestra contra porque enseguida se te coloca la etiqueta de grupo de moda. No es lo que quiero, así que me dedicaré a observar qué es lo que sucede, como siempre”.

A pesar de lo recelos, es evidente que Okkervil River ya no van a pasar desapercibidos. Si con el su anterior entrega, Black sheep boy, un disco con vocación laudatoria hacia el gran Tim Hardin, se posicionaron como el grupo de rock efusivo de la conexión Americana (el estilo, no el gentilicio),con el éxito actual, dan un paso de gigante en la conceptualización de un rock, sobre todo, melódico, efusivo y bien orquestado. “En mi opinión, creo que es nuestro mejor disco de rock hasta la fecha. Es el que mejor captura la sensación de lamento inquieto que he estado buscando siempre”. No es casualidad que Sheff se refiera a la búsqueda de la lamentación desde la melodiosa euforia de un sonido a menudo ampuloso. El suicidio, la visión artística y contradictoria del hecho de quitarse la vida, ha sido una de las constantes de las tesituras líricas de Sheff: “soy un gran aficionado a la música antigua americana, y he pasado mucho tiempo escuchando ése tipo de música. Me refiero a las murder ballads de gente como Omie Wise, Stagolee, Frankie&Johnny, Wild Bill Jones…, ha sido como una obsesión, y de allí he sacado la idea de que la muerte es el acto que mejor define la vida de cualquiera. Pero, dime seamos sinceros, ¿qué significa algo así?, ¿algo malo? ¿algo más allá del bien y del mal?, ¿divino? De hecho, ¿significa algo a lo que debamos temer? Creo que no”.

Como es habitual, en los discos de Okkervil River sobrevive una deliciosa colisión entre literatura y caos, entre realidad y ficción. Como contrapunto fáctico a la melosa sensación que impregnan temas como A hand to take a hold from the scene o Unless it kicks, como otras, de claros tintes un tanto afectados pero resueltos, Sheff envuelve el conjunto con un halo literario. En éste caso, el libreto es un fiel reflejo de dichas inquietudes. Una foto de la novela surrealista de Rene Daumal Una noche de borrachera seria, precede a las letras/historias de cada canción, y un texto del cuento corto de Tatyana Tolstaya Rio de Okkervil, está estampado en la contraportada interior del disco. “Ambas referencias están con un propósito: acentuar el eco del disco que no es otro que la capacidad de algunos artistas, como son estos dos, de ensanchar la visión del entretenimiento que hay entre el luto y el gozo”.

Ya ven que Sheff no se anda con chiquitas, y, lógico, a veces, peca de una afectación que satura. Aunque quizá, ha superado esa fase hipersensible, es evidente que Okkervil River arrastra un regusto emocional que por momentos recuerda a Coldplay. Y aunque su voz cantante no esté nada de acuerdo, sólo hay que recordar la última vez que estuvieron en nuestro país, en el pasado festival Tanned Tin, en el que epataron pero no a todos por igual. “No lo entiendo, es uno de los mejores conciertos que hemos dado nunca. No entiendo a qué te refieres con emocionalmente afectado, pero no me quita el sueño. De verdad, no lo entiendo, y creo que es una  visión muy europea del asunto. Es decir, siempre ponéis en duda qué es lo auténtico, lo real, y lo que no lo es, pensando que el músico utiliza trucos para parecer más auténtico. Si no te gustó, haberte ido del concierto”, recrimina.

En cualquier caso, Will Sheff, que también lidera a los más oscuros Shearwater, es un mago del pop de raíces, un artesano de ese sonido premeditadamente actual y americano, al que sabe matizar como nadie. “Antes sonabamos a melodrama, como una película de Douglas Sirk, y ahora temáticamente queremos ser más realistas, cercanos a los problemas que existen. Más estilizados”. Son el reverso sesudo de Bright Eyes, aunque cada día suenan más parecidos. “Es algo que llevo escuchando más de nueve años”, dice. Por algo será.


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Por Jaime Casas
Foto: JM
Revista 78 (20/10/2007 a 20/11/2007)


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