Para ello, no cuentan con manual de instrucciones -guión previo-, tan sólo el compromiso con el hombre y su naturaleza, y la fe en sí mismos. ¿Marcianos? Probablemente. Para un marciano como Pasolini "el cine era la reproducción del lenguaje natural de la realidad", siendo seguramente el documental el género que mejor se ajuste a dicha afirmación. Igual de incómodo y subversivo que Pasolini para su época, resultan hoy la gran mayoría de los documentales y películas fronterizas.
Lo cierto es que asistimos a un auge del documental, cuyas causas son de diferente índole. Tras el éxito de crítica y público de Bowling for Columbine, capaz de hacer milagros a pares -su rentabilidad ante la ficción y su exhibición, no sólo en salas de v.o-, puede que muchos compañeros de batalla se hayan animado a seguir el rebufo del milagro del pan y los peces de Michael Moore. Lo mismo sucedería con los espectadores, desde ahora declarados adeptos al género como en su día lo fueron de Induráin y sus cinco tours consecutivos.
Pero no, el auge del documental no es coyuntural a un éxito, ni mucho menos, más bien responde a una cuestión de necesidad: la urgencia de desenmarañar esa "otra realidad" exclusiva e impuesta por los mass media, a cuyos efectos narcotizantes y servilismo es inmune el documentalista, pero donde nosotros, en cambio, ya no distinguimos lo verdadero de lo falso, qué es realidad y qué ficción. Baudrillard afirma que hoy en día "existe un mundo delirante y frente a él, sólo el ultimátum del realismo. Hoy, para sobrevivir, la ilusión ya no cuenta, hay que aproximarse, cada vez más, a la nulidad de lo real".
Por eso el recorrido del documentalista es resbaladizo, como funambulista sin red, un simple traspié hará que sus huesos abonen el terreno del panfleto o el "iluminismo", el peor de los finales para un documental. Aún así, el documentalista es un personaje a seguirle la pista. Su condición de outsider, al no rendirle pleitesía a la tiranía del mercado ni a grupos mediáticos, le convierten en un francotirador con peligro de contagio para el espectador. Su lema, el mismo de Rossellini: "La realidad está ahí. ¿Por qué manipularla?"
A cuento de esto, un espacio aparte se merece otra clase de documentalista, el del falso documental, que replicará a favor de la manipulación, pues cree en el simulacro, cuyo interés radica en construir una gran mentira como reacción al control de la información y sus imágenes por parte del poder. Y es que donde las dan, las toman.