A vueltas con la dichosa realidad, la historia del documental establece dos corrientes que determinan la manera de hincarle el diente a ésta. Flaherty (1884-1951) con su documental Nanuk, el esquimal (1922), desarrolló un interés por lo etnológico, mostrándonos al hombre en su estado natural, aún inocente y desconocedor del "efecto cámara", prevaleciendo la descripción y exposición de los hechos. Por el contrario, la escuela británica de Grierson (1898-1972) plantea el documental como una forma de denuncia y testimonio de la realidad de las clases más desfavorecidas. El documentalista, en este caso, ha de revelarnos la realidad del objeto tratado a través de su interpretación creativa.
Si hoy Flaherty levantara la cabeza, comprobaría cómo su colega Grierson le gana por goleada, pues son los documentales sociales los que encuentran mayoritariamente su hueco en la cartelera, relegando el documental flahertiano al ámbito de la televisión y sus noches temáticas. Existen raras excepciones como El sol del membrillo de Víctor Erice e "Innisfree" y, por qué no, "En construcción" de José Luis Guerín, eso sí, obviando sus numerosos trucos e intentos de simular la verdad, y con riesgo de pillarnos los dedos, pues la denominación de origen "flaherty", perdida ya la inocencia del hombre, habría que otorgársela a estos títulos con calzador.
Así que papá Grierson y sus discípulos son los que se llevan la palma, aquellos que luchan, kalasnikov en mano, por un cine de lo real ante el cine de la fábrica de sueños. Su influencia se hace notoria sobre todo en el Free Cinema británico de posguerra, en el Cinéma-Verité norteamericano, con John Cassavetes a la cabeza, hasta instalarse en el realismo de los primeros filmes de Ken Loach.
Tal vez por ello, las películas actuales tienden a habitar en la frontera, a través de una concepción hiperrealista de la estética, siendo posiblemente la apuesta más radical del momento y reconocida así por la crítica especializada. Películas como Rosetta de los hermanos Dardenne o Elephant de Gus Van Sant, ambas galardonadas con la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1999 y 2003, son claros exponentes de dicha radicalidad, aunque, a veces, algunos de sus rasgos de distinción, por ejemplo, esos kilométricos travellings persiguiendo el cogote y los trasquilones de los actores, hagan las delicias de la peluquera de la película o que los espectadores nos preguntemos por la auténtica vocación de dichos directores.
¿Serán peluqueras frustradas? A lo que Truffaut respondería que no, tildándolos de moralistas requetextremos, pues como dijo: "el travelling es una elección moral". I