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Arte y juguetes
“Los artistas más modernos no utilizan el juego como sinónimo de diversión”
Vuelta a la infancia y trasgresión
Gauguin, fascinado por las gentes de los mares del sur, escribió desde Tahití: "Me he remontado muy atrás, más allá de los caballos del Partenón, hasta el caballito de madera de mi infancia". Él, como los artistas de las vanguardias históricas (Miró o Paul Klee), pensaban en la infancia como un lugar paradisíaco, digno de imitar. Los niños representaban para ellos la máxima autenticidad frente a las complejidades del corrompido mundo de los adultos. Así se entiende el gran número de juguetes producidos por estos artistas de principios de siglo, con los que siempre hacían alusión a la infancia y a sus bondades.
También se descubre esta actitud en Alexander Calder, el inventor de las esculturas móviles, que construyó su circo de juguete (que incluía domadores, equilibristas, traga-sables de caucho y alambre) para divertirse como un niño.
Los artistas-adultos, como los niños, aprecian lo mismo en los juguetes: su simplicidad, las múltiples posibilidades de manipularlos o su capacidad para aludir a la realidad a través de la reducción a lo esencial. Picasso construyó una pequeña guitarra de papel para sus hijos. Tanto la guitarra de juguete como el cubismo que él mismo inventó, aluden estilizadamente a los objetos reales y, a la vez, abren un nuevo mundo de posibilidades lúdicas.
Frente a esta actitud que mira al juguete como fuente de inspiración, cuando los artistas posmodernos los utilizan o construyen en sus obras, su intención suele ser más siniestra y provocativa. Para los artistas, los niños han pasado de ser personas de las que aprender, a seres en los que la sociedad ha volcado sus valores más conservadores.
Así, acoplar lujuriosamente a dos ositos de peluche (como hace el artista californiano Mike Kelley) o realizar exploraciones vaginales a una muñeca de plástico (como filma el colectivo español BellaBestia) resulta mucho más incitador que poner a estatuas de adultos en situaciones semejantes.
Estas obras ilustran cuáles son los límites de tolerancia actuales, los temas tabú, las contradicciones que compartimos hoy.
Por otro lado, los artistas más modernos no utilizan el juego como sinónimo de diversión y creatividad mágica, sino como medio para realizar denuncias sociales o ilustrar problemas conceptuales que nada tienen que ver con el mundo de los niños. Sirvan de ejemplo la obra de Yinka Shonibare "Hopscotch" -donde juegan a la rayuela maniquíes con vestidos del siglo XIX, pero realizados con estampados africanos- o las esculturas de Jeff Koons imitando globos en forma de perro pero realizadas en acero inoxidable. Complejidades reservadas a mayores de edad, que se sirven de la infancia sin devolverle nada a cambio.
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1
Por Emma Brasó
Foto:
Revista 50 (15/12/2004 a 15/02/2005)
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