La inspiración tiene premio, y en Blanca Li el “max” reciente ha sido un Max a la mejor coreografía por su montaje de Un Poeta en Nueva York, una fusión total de disciplinas, estilos e imágenes conectados con las infinitas fuentes de las que bebe su trabajo, desde la performance hasta el vídeo, del flamenco al hip hop pasando por el cine y la videoinstalación. “La coherencia como tal no me interesa. Como artista tienes que ser libre y ser capaz de provocar una emoción, sorprender. Esa es la verdadera inspiración y la que más me llena”.
Blanca ha dirigido videoclips, es directora del Centro Andaluz de Danza, una cantera de jóvenes talentos que le permite estar en contacto con lo que pasa en la calle, “que es muy distinto de lo que sucede a nivel de escenario”, y ahora también está presente en el MUSAC a través de la exposición Te voy a enseñar a bailar. Un huracán creativo “que tiene todo su origen en la danza. El baile es mi centro, es lo que me inspira y lo que me lleva hacia otros campos como el cine o los museos”. Y como motor de creación, ella misma: “Mi obra es el reflejo de mi vida. Para crear no puedes plantearte qué es lo que la gente espera de ti. Mi vida está llena de viajes, de experiencias que me llevan a lugares y me provocan reacciones que ni siquiera yo podría esperar”.
Buena muestra de ello es la fuerte influencia del hip hop en su obra, una disciplina con la que entró en contacto en sus estancias en Nueva York y en Francia y que ella ha impulsado a través de la suma de mil expresiones, sin ningún temor a que su obra pierda fuerza por culpa de una presunta dispersión. “No tengo ganas de centrarme en nada”, afirma con rotundidad. “Quiero pasarlo bien, no puedo inspirarme en nada que no me haga disfrutar”.
Quizá porque disfrutar de la profesión de la danza en España es un placer reservado a muy pocos, le fue necesario irse fuera. “Yo vi muy claro que aquí mi carrera era una pared sin puertas. Si hay puertas me veo con fuerzas para luchar y abrirlas. Pero no tenía posibilidades y por eso me fui”. Ahora, después de mucho trabajo, sus espectáculos empiezan a ser reconocidos y aplaudidos en España, aunque reconoce que “era difícil que se me valorara aquí, pues casi siempre trabajaba fuera. Pero no es un problema mío, sino general de la profesión. Aquí la danza ni se valora ni se cuida. Hace falta infraestructura y una red de teatros que lo programen.”
El pesimismo no es la nota dominante en Blanca Li, ya que cree que “ahora se están abriendo nuevas vías. El éxito de los musicales está permitiendo que muchos bailarines tengan un trabajo, una estabilidad. Trabajar en un musical me parece tan bueno como hacerlo en una compañía de contemporáneo; hay muchos que me encantan”. De hecho, su próximo proyecto estará ligado a un musical comercial. Sorpresa agria para muchos puristas y satisfacción para otros tantos, dispuestos a sumar para su género a un talento perfectamente acostumbrado a proponer su propio camino, a montar su propia ola y hacer pensar al público “que está viviendo otra vida para entrar en la obra de otra persona. Esa es la inspiración fundamental que da aliento al arte”.