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Censura Especial

Primer Plano

DistopIa deseada

¿Qué existió primero, la censura o la ofensa que la generó?

Seguramente la censura, pese a ser una realidad secundaria, que necesita de otros valores para ponerse en marcha. Una de las principales trabas que encuentra la censura es que es cambiante, que se debe al poder. No existe censura sin la aplicación sistemática de unas medidas emanadas del poder. Sea público o privado.

Los problemas de cada tipo de censura son contrarios. La censura pública –esto es, ejercida por algún garante de la realidad política, entendida como “lo público”, la “cosa común”- se debe a lo que se dice. A lo que se expresa. La censura privada, la que cada uno ejerce en su intimidad sobre sus palabras, y por lo tanto sus pensamientos, es más problemática, porque se refiere a lo que no se puede pensar. Por lo tanto sentir o soñar.

La censura encierra, dentro de sus principios, un objetivo quimérico. La censura, para funcionar, debe tender a la excelencia. Debe ser eficaz al ciento por ciento. De no serlo se convierte, de un modo paradójico, justo en su contrario. La ineficacia en la censura –esto es, en los mecanismos de desaparición y modificación de la realidad, del registro- supone una dilatación del mensaje del censurado. Si hoy leemos muchas obras se debe, sin duda, a que en su momento fueron censuradas. Incluso hoy tendemos de una manera automática a intentar ver en la repercusión de una obra el indicativo de su calidad. La censura debe, por lo tanto, eliminar no ya lo censurado, sino al censurado y toda memoria de su existencia. El mundo orwelliano representa, de un modo claro, ese problema. El ministerio de la Verdad debe eliminar todo vestigio de la censura, debe borrar sus huellas para ser eficaz.

Cuando dicha labor no se realiza convenientemente se refuerza el mensaje. Se dilata. Dura mucho más allá del tiempo que, en principio, parecía buscar. Tiene un nuevo marchamo, el de la censura, que sirve como indicativo de su calidad, de su capacidad de ofender, de dar –voluntariamente o no- en el blanco.

Siguiendo el silogismo podemos inferir que, al otorgar la censura un valor a la obra, muchos autores hayan elegido provocar a la censura. Surge así el provocador, el que tan sólo busca excitar la hipertrofia crítica del censor. Y, de un modo paradójico, esa censura premeditada sirve como carta de presentación de una obra. Basta contemplar muchas muestras de arte contemporáneo para ver que no persiguen más que la provocación, excitar al censor.
Por eso el mercado ignora, sabedor de que es el método más efectivo para desactivar todo mensaje.

La censura y la poesía son, quizá, las dos realidades que valoran más el peso de la palabra. Por lo tanto de las ideas y de los sentimientos. ¿Qué mejor reflejo de ello que pedir a un grupo de jóvenes poetas que escriban con la censura en su cabeza?

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Por Antonio Jiménez Morato
Foto:
Revista 80 (20/11/2007 a 20/12/2007)


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