[ Noticias y Destacados ]







[ Revista y Sumarios ]


Ya en la calle el número 85.  más  info 

[ Otros Enlaces ]
[ Inicio - Revista . Primer Plano ]
Andrés Neuman

Del pan a la pinacoteca

Antes de viajar su juventud había estado marcada por el miedo y el hambre

Relato de Andrés Neuman (la abuela)

Antes de emigrar, su juventud había estado marcada por el miedo y el hambre. Varias hermanas suyas habían muerto durante los pogromos. Lidia había tenido que guardar cola durante muchas madrugadas invernales para conseguir pan, pues no abundaba y se acababa poco después del alba.

En una ocasión, mantener su puesto en la fila le demandó tanto esfuerzo y el aire nocturno le había enfriado los músculos hasta tal punto, que cuando por fin abrieron la panadería, debido al sensual y repentino contacto con el perfume del pan recién horneado, Lidia cayó desmayada muy cerca de la puerta. No tardó en recobrar el conocimiento, pero para cuando lo hizo el pan había volado y su espalda estaba llena de pisotones.

Siendo Lidia adolescente, su familia decidió probar suerte en Argentina. Y allí, como era costumbre, se acordó su boda con el primo Jacobo. Al principio, Jacobo no contaba más que con una gorrería que había instalado en el diminuto piso que ambos habitaban. Pero, según parece, la Argentina de entonces no solía dejar fácilmente a nadie con el cráneo descubierto: dedicándose sin descanso a sus sombreros, Jacobo prosperó hasta pasar a la distribución de materiales textiles importados. Fue con este emprendimiento como comenzaría a amasar su pequeña fortuna.

El matrimonio se mudó, y las comodidades fueron aumentando discretamente. Como si aún temiera que una multitud fuese a atropellarla para arrebatarle algo, Lidia siguió guardando sus cosas dentro de pequeñas bolsas que iban dentro de cajas que iban dentro de otras bolsas.

Gracias a su paciencia coleccionista, la baba llegó a poseer una notable pinacoteca. Aunque aun más notable fue el método con que Lidia consiguió reunir su colección. Como ni su renta ni su espíritu ahorrativo le permitían adquirir obras cotizadas, se acostumbró a visitar los estudios de los artistas jóvenes. Poco a poco éstos llegaron a conocerla bien y a profesarle una mezcla de respeto intrigado y gratitud incondicional.

Lidia entraba con el entrecejo fruncido en el pequeño cuarto donde pintaba, por ejemplo, un novato Carlos Alonso; dirigía una mirada rápida, esmeralda, hacia todos los lienzos, y luego se detenía largamente en dos o tres. Parecía extraviarse u oler pan. Entrecerraba los ojos. Entonces decía: éste. Con el paso del tiempo, pese a su extrema delgadez, a la baba empezaron a colgarle unos pellejos fláccidos de los brazos.

Severa y circunspecta como era, y pese a fingir que se negaba exclamando ¡tsch!, ¡tsch!, Lidia terminaba accediendo a los ruegos de nietos y bisnietos: entonces se arremangaba para dejar que le tirasen de los pellejos. ¡Tsch! ¡Tsch...! Pero era difícil resistirse a los juegos de sus niños.

Sólo una cosa estaba prohibida en la casa ordenada de la baba: hablar mal de Argentina. La gratitud había convertido a mi bisabuela lituana en una patriota furibunda. Si alguno de sus nietos insinuaba que la situación del país era insostenible o se lamentaba de la crisis económica (que acabaría reduciendo al mínimo su propio patrimonio), Lidia fruncía el ceño, avivaba tras las gafas un antiguo fuego esmeralda y replicaba ¡Tsch, tsch!, no te metás con Argentina, vos, escuchá bien lo que te digo, éste es un país rico y generoso, mucho cuidadito, eh, no te metás con Argentina.

ir a página: 1

Por Andrés Neuman
Foto: Pilar Jiménez
Revista 44 (15/05/2004 a 15/06/2004)


[ Tienda El Duende ]
[ En esta entrega ]
[ Comentarios ]

[ Más Duende ]
[ Otros Duende ]
Premios Anuaria
Aeepp