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Eros

El secuestro de Eros

“El sonido de las flechas me dio la certeza de que se trataba del hijo de Venus”

Erotismo en Don Quijote

- Has de saber, Sancho, que, pues lo que no se entiende en nada aprovecha, cada cual interpreta lo visto según su condición. De ahí que tú vieras cabras en el cielo y que yo hablase con el mismísimo Cupido, llamado Eros en otros tiempos, dios del Amor.

- Mire vuestra merced que pasaba yo tal miedo que no dejé de abrazarme a su espalda, y estando mi oreja tan junto de la suya no oí ningún escupitajo.

- Eso es porque debió acontecer mientras tú retozabas con las cabrillas. Estábamos flotando en aquellas inmensidades cuando oí un suave aleteo a nuestro lado. Apunto estuve de pensar que era un ángel, pero el sonido de las flechas en el carcaj me dio la certeza de que se trataba del hijo de Venus. Alargué el brazo y le arrebaté una de sus flechas para doblegar el corazón de Dulcinea. Forcejeó el imberbe muchacho conmigo, hasta que rendido por mi brazo me dijo:

“Valiente Don Quijote devuélveme al punto esa flecha, pues no es arma del que sepan hacer uso los mortales. Incluso a mí, que soy inmortal, Júpiter me ha reprendido muchas veces por mis desmanes. El poder que ahora tienes nació a la vez que el universo.

Hesíodo en su “Teogonía” ya relata que nací al tiempo que Gaia, la Tierra, y Tártaro, el Inframundo, ¿cómo habrían podido si no los primeros dioses enamorarse para procrear al resto de los inmortales? No te extrañe que en los misterios Eleusinos se me adorase como Protogonos, el primero en nacer. Es cierto que todos me conocen como hijo de Afrodita a la que llamaron Venus, y que los astrólogos me representaron junto a ella en la constelación de Piscis, en memoria de aquella ocasión en que huyendo de Tifón nos trasformamos en peces para huir de su furia. Ni siquiera yo pude sustraerme a la dicha y amargura que mi don otorga; enamorarme de la hermosa Psique y caer en desgracia con mi madre fue todo uno; mira si comparto tu congoja. Veo tus trabajos y recuerdo las crueles pruebas que Venus, celosa de su belleza, puso a la mortal Psique para ganarse el derecho a ser mi mujer, como narra Apuleyo en su “Asno de Oro”.

¿Qué celos no atormentarían a mi madre ante Dulcinea, que habría hecho dudar al mismo Paris por saber si ella, Afrodita, Atenea o Ceres era la más bella? Devuélveme esa flecha que el mundo necesita más que un caballero enamorado, que un hidalgo apoltronado junto a la esposa que le corresponde. ¿Qué hubiese sido de la ilustre Roma si Eneas hubiese renunciado a fundar la estirpe romana, permaneciendo en Cartago junto a Dido, como relata el poeta Virgilio en su “Eneida”?

En cuanto oí esto, Sancho, le devolví la flecha entre sus lágrimas de agradecimiento y le escuché batir sus alas veloz como si temiese que me arrepintiese de mi gesto.

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Por Mario Cuesta
Foto:
Revista 51 (15/02/2005 a 15/03/2005)


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