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Travis Bickle y el Quijote

En taxi por la Mancha

“He sido elegido hace poco como el “mejor antihéroe” por la revista Total Film”

Travis Bickle (Robert de Niro) y El Quijote

No suelo ir al aeropuerto JFK, pero a veces está bien recoger a algún turista y hacer una carrera larga. Allí estoy yo, en la parada del aeropuerto, se sube al taxi un hombre bien extraño. La barba blanca, con cara de lunático y con una maleta que pesa tanto que bien podría llevar dentro toda una batería de cocina, un saco de libros o una armadura.

Arranco en dirección a una pensión del Bronx y durante el trayecto el viejo no para de mirarme. Al rato, abre la boca y me dice no sé qué sobre unos “agravios”. “¿Estás hablando conmigo?”, le digo, “porque no veo a nadie más aquí”.

“Desfacer agravios…” Este hombre quiere que me una a él y su banda de “antihéroes” en una especie de cruzada contra el mal. Me cuenta que él es un antihéroe “Universal” y yo le contesto que yo he sido elegido hace poco como el “mejor antihéroe” por la revista “Total Film”. Me dice que está al corriente de ello y de la fama del “venido a menos” Martin Scorsese y de quien parió mi vida en forma de guión, Paul Schrader, y que precisamente por esa razón dejó su casa para venir a buscarme.

Hasta sus oídos llegó la noticia de lo que hice por aquella puta, Iris, la noche en que me colé en ese guetto con mi Magnun 44 y no quedó títere con cabeza.

Después el anciano me explica qué es eso de “desfacer agravios”, y que yo – “Vuesa Merced” - seguramente prefiera utilizar otras palabras, como “limpiar la basura de las calles”.

Él quiere lo mismo, desatar una lluvia que arrastre la escoria, no sólo de las aceras de Nueva York, sino de la faz del planeta. En cualquier caso este tío no rige: acaba de confundir el puente de Brooklyn con el puente levadizo de un castillo…“¿Todo eso para qué?”, pregunto.

“Para cobrar eterna fama y poner al vencido a los pies de mi Dulce Dama, para que con voz humilde y rendida, se someta su grandeza”.

“¿Todo esto por una mujer?”, le digo, y estallo en una carcajada. Entonces él me recuerda que yo también hice lo mismo, que fue mi ansia de hacerme valer ante Betsy, la chica de la oficina del candidato Palantine y después mi compasión por Iris, una puta de 15 años, lo que me impulsó a mí a colarme en aquel edifico en ruinas y arrasar con todo.

El viejo tiene razón. ¿Acaso no estoy yo tan loco como él? ¿Pero cuáles son esos “agravios” contra los que debemos luchar? ¿El terrorismo internacional, el hambre en el mundo? ¿Tendremos que llevar a Bin Laden a los pies de su Señora Dulcinea? Bueno, después de todo yo siempre quise entrar en los servicios secretos... Mañana me acercaré hasta esa pensión del Bronx, me reuniré con “El Quijote”, cargaré con su pesada maleta y juntos cogeremos un taxi al JFK. El destino: un lugar de La Mancha cuyo nombre no puedo revelar. Si se lo dijera, tendría que matarle.

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Por Jaime Velázquez
Foto: Aurelio Lorenzo
Revista 52 (15/03/2005 a 15/04/2005)


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