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Un panorama de Harer, en Etiopía

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Cada uno tiene su mapa (informaciones que busca o recibe) y su brújula (su propia intuición), y decide su camino. Yo decidí Etiopía por un cúmulo de casualidades. Poco había oído hablar de la moderna Abisinia desde las noticias lejanas de una nueva hambruna. Sin embargo en los últimos meses del año 2000 –tiempos que me resultaron personalmente cruciales-, topé constantemente con referencias etíopes: en las crónicas de Kapuscinski, las viñetas de Corto Maltés, los poemas de Bernardo Atxaga, en la deliciosa enyera probada en un restaurante neoyorquino, en el culto jamaicano a Haile Selassie.

Tomé todo como una única señal colectiva y súbitamente saqué un billete en plena Navidad. Pasé la Nochevieja solo, en compañía del barman de un hotel del aeropuerto de Frankfurt, esperando mi conexión a Addis Abeba al día siguiente.

Harer, casi Somalia: asumo que la presentación de esta ciudad como aquella en que se retiró Arthur Rimbaud –allí conocido como Rambo; incluso se narran las andanzas de Stallone en reemplazo de las del poeta- me convierte en un mitómano empedernido. Por lo demás, Harer está a unos 100 kilómetros de tierra minada hasta Dire Dawa y se erige como una ciudad de ensueño y de pesadilla. Medieval, musulmana –es la tercera ciudad santa del Islam-, de influjo hindú, laberíntica, llena de enfermedad y de muerte, Harer no fue conocida por el hombre blanco hasta la llegada (en 1856) de Richard Burton, el explorador/espía filántropo británico que dio a conocer a Occidente el Kamasutra y recopiló Las 1001 noches.

La ciudad que yo conocí presentaba exiguas diferencias, pero algo no había cambiado en absoluto: la muralla que la envuelve y las seis grandes puertas que la sellan cada noche, porque cada noche bajan las hienas. El habitante de un vertedero escoge lo mejor de la carroña para tranquilizar a las fieras. Las conoce por su nombre. Bajan en manadas. Cada uno tiene su Etiopía: esta fue la mía. Pernoctar deliberadamente fuera de la ciudad amurallada, entre los despojos y las fieras, cuyos ojos brillaban reflejados en la luna llena (o hiena). Alimentarlas. Sentirse uno con las bestias, o con su alimento. Perder el miedo a la muerte. Y a la vida.

Algún tiempo más tarde, en una reunión amistosa en una casa en París, apareció una baraja de tarot, alguien dispuesto a echar las cartas y alguien dispuesto a recibirlas. La cuarta carta fue la 19. La Luna. Mostraba la imagen de dos hienas aullándole a la luna llena junto a una muralla, al pie de las aguas estancadas. Cuando quise saber más, sólo tuve una respuesta incierta. “¿Cómo puede ser que la luna, con su tenue luz, nos llene de error y confusión y al mismo tiempo sea la portadora de la intuición para avanzar?”, dijo la voz que interpretaba el oráculo. “Es que el límite entre la verdadera voz de Dios que está en nuestro corazón y las fantasías de una mente debilitada es muy tenue. Así muchas personas creyendo escuchar a Dios han emprendido un supuesto camino espiritual que los ha conducido a los peores pantanos de la existencia humana”.

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Por Bruno Galindo
Foto: Bruno Galindo
Revista 55 (15/06/2005 a 15/09/2005)


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