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Abuelas

Fuera del paraíso

Para la abuela, los hombres eran más frágiles

La abuela de Cristina Cerrada

Cuando nació mi madre, en el año del pan, la abuela empezó a engordar y engordar, y a preparar platos y platos de comida, como si de hecho, cada día, todos sus vecinos estuviesen invitados a cenar.

Hace mucho tiempo que la abuela se murió, pero nunca he olvidado esto porque no he conocido a nadie a quien le gustase tanto cocinar. Si, por ejemplo, íbamos a pasar el domingo a su casa, la abuela preparaba fuentes y fuentes de arroz, tortillas de patata, caldo, buñuelos de pan, gallinas en pepitoria y natillas. Solíamos ir a menudo a ver a los abuelos, mi madre, mi padre, y mis hermanas y yo. Incluso a mi padre le gustaba ir, pese a que no se trataba de sus padres.

No era como otros yernos que he conocido después, a quienes oír hablar a su suegra les produce una irritación ostensible, les hace bajar los ojos y mirar la televisión, como si el partido que están dando fuese el partido más importante de la temporada. Quizá fuese debido a que la abuela no se limitaba a dar de comer a papá, sino que le trataba como a un gran hombre. Le trataba como si, después de su esposo y de sus propios hijos, mis tíos, mi padre fuese el hombre más importante del mundo.

Era el marido de mamá, imagino que pensaba; y esa era razón suficiente para darle el mejor trato. Recuerdo que cuando mi madre decía algo feo sobre mi padre, la abuela guardaba silencio y seguía amasando croquetas o espolvoreando el bizcocho, como si, debido a su sordera, no hubiese oído lo que le decía mamá.

Y es que, ahora que lo pienso, para la abuela había otra cosa en el mundo tan importante como preparar fuentes y fuentes de comida, y eran los hombres de la casa. La abuela trataba a los hombres de la casa como si constituyeran algo especial. No sé como decirlo, es algo que hoy en día se podría malinterpretar. Creo que incluso mi madre nunca lo entendió, y eso hizo que pensara que la abuela quería más a sus hijos que a ella misma. Pero no era así.

Para la abuela los hombres comían más, gastaban más los bajos de los pantalones y eran más torpes, delicados y frágiles que nosotras, las mujeres. Mucho más. Como consecuencia de esta forma de pensar, la abuela trataba al abuelo como si fuese uno más de sus hijos. Para ella era un niño. Una vez me contó que después de la guerra, cuando los alimentos escaseaban y estaban racionados, el abuelo había ido en tren a Alicante, y a la vuelta la policía le detuvo trayendo judías de estraperlo y se las quitó. La abuela le regañó muchísimo, porque por culpa suya sus dos hijos pequeños, mis tíos, se iban a quedar sin comer.

Sin embargo, diré, para tratar de explicar cómo era la abuela, que en adelante nunca más permitió que su esposo fuese solo a ningún lugar. Siguió dándole de comer -fuentes y fuentes, más de lo que él podía trasegar- y cuando el abuelo murió, muchos años después, la abuela no se quedó tranquila. No tardó en acompañarlo.

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Por Cristina Cerrada
Foto: Pilar Jiménez
Revista 44 (15/05/2004 a 15/06/2004)


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