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El Gigante Coloso

Gigantes

¿Importa el tamaño? 10 Gigantes nos lo cuentan

El mundo a sus pies

3. EL COLOSO. Un hijo no deseado

Me llamo: Coloso
Soy: un óleo sobre lienzo. Marte se ha representado a lo largo de la Historia victorioso, desarmado, furioso o incluso ñoño, pero si existiera un espíritu bélico o un dios de la guerra visto a través de nuestros ojos modernos, lo más parecido sería yo, sin duda, el “Coloso” que pintara Goya.
Me ven: Colgado en las paredes del Museo del Prado. Unos me miran a cierta distancia, otros se acercan para ver los detalles. Otros, los menos, pasan de largo.
Mi vida: Mi padre se llamaba Francisco de Goya, un pintor genial que me bautizó “Gigante”, aunque pronto se me conoció como el “Pánico”, nombre que define más acertadamente mi esencia. Soy de pelo moreno, piel oscura, fornido como un púgil presto a descargar el brazo a ciegas en un gesto que a duras penas contiene la cólera. Fui pintado entre 1808 y 1812, coincidiendo con el inicio y desarrollo de la Guerra de Independencia tras la invasión napoleónica, y soy un dios de la guerra contemporáneo, lejos de la idealización mitológica me cierno como un gran mal sobre la Humanidad a mis pies. Formo parte de la cruda realidad y el paso de mi pie desnudo retumba sobre la tierra sordamente, amortiguando a cañones y tambores, produciendo vértigo, ahogando los gritos y despojando a los hombres de confianza alguna. Desde estas cuatro paredes del Museo del Prado que me albergan recuerdo perennemente a mis pies el instinto de supervivencia que sacude como una ola a la gente ante la trágica amenaza que encarno.
Odio: Es mi esencia. Soy el espíritu bajo el que se perpetraron tropelías y crímenes de cuya descarnada violencia da cuenta mi padre en su serie “Los desastres de la guerra”; bajo mi halo se mataban los seres humanos entre ellos, bajo mi halo se mataba el sueño de la Ilustración y la Razón, traicionadas en un abrir y cerrar de ojos por el país que les había dado carta de naturaleza. Conmocionado y frustrado, mi padre aturdido me engendra como un icono del horror gestado por el propio hombre... y yo, a sabiendas de ser un hijo no deseado, sigo sembrando el estupor y el pánico allá donde voy.
Por Ignacio Sierra

4. AFRODITA A. “Dicen que soy un poco fría”.

Me llamo: Afrodita A y busco pareja, ¿no se nota?
Soy: Un anime, más concretamente un super robot, construido de aleación Z e impulsado por energía fotoatómica.
Me ven: Mis medidas son: 18 metros de altura, 9 metros de pecho, 6 de cintura y 9 de caderas.
Mi vida: Mi personaje y todos los de la serie Mazinger Z fueron desarrollados por el japonés Go Nagai a principios de los setenta, así que soy prima hermana del gran Devilman. Me encanta Nagai porque su primera obra, “Harenchi Gakuen” (“La escuela indecente”, 1968), fue rompedora. En esa época el gakuen manga, los manga ambientados en colegios, eran otra cosa. Nadie se había atrevido nunca a una crítica tan descocada del sistema escolar japonés, con alumnos divertidos, jugadores, borrachos y necesitados de buen sexo como yo. Sí, los hentai, los adolescentes obsesionados por el magreo. He de confesar que en realidad tengo dos padres porque en la serie fue el Doctor Yomi, ayudante del Doctor Kabuto, quien me creó.
Aunque me dejaron maltrecha, por no decir deshecha en el capítulo 74 de la serie mi personaje permanecerá reluciente mientras mis fans se acuerden de mí. Y en cuanto a la violencia mi fuego de pecho fue utilizado muchas veces pero creo recordar que sólo una vez dí en el blanco...
Mi naturaleza es generalmente tranquila.
Busco: ante todo una relación liberal. Estoy harta de sentirme manejada. En realidad es Sayaka, la hija de Yomi quien está dentro de mi cabeza y mueve mis controles. Quizá por eso necesito que me dejen un margen de movimiento. Además mi compañero robot, Mazinger Z, es muy egoísta y enormemente machista. Es un creído, siempre está presumiendo de ser el primer robot gigante que ha llegado a estrella del anime y de haberse estrenado como manga en el 72, en el semanario Shonen Jump, que ahora es de lo más en Internet. Y no sólo de eso, sino también de ser el favorito del difunto y venerado arqueólogo Dr. Kabuto, o de estar tripulado por su nieto Koji, que es otro chulito como él. Y lo peor es que a Mazinger sólo le pongo cuando disparo mis pechos a toda pastilla. Pero claro, con mis misiles pectorales por ahí volando a mí ya no me mola tanto que él se me atornille, o me embadurne salvajemente con sus prodigiosas dosis de aceite 3000 en 1.
Por Emilio Gómez

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Por EDM
Foto: Aurelio Lorenzo
Revista 58 (15/10/2005 a 15/11/2005)


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