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Groucho Marx
“Antes de felicitarle, dígame: ¿sabe si tiene dinero la tal Dulcinea”
El amante recostado
Querido Don Quijote: Por lo que me dice en su última carta, parece que insiste en casarse con esa doncella. Antes de felicitarle, dígame: ¿sabe ya si tiene dinero la tal Dulcinea? La gente dice que el dinero no importa cuando se ama de verdad, pero eso es una falacia del tamaño del Edificio Chrysler. Trate si no de celebrar su enlace matrimonial sin dinero, y a ver hasta dónde llega. Apuesto a que no pasan del menú a base duelos en lata y quebrantos congelados en el restaurante económico más cercano. Si yo fuera usted, valoraría seriamente la posibilidad de engatusar a una viuda rica. Ciertamente, no es lo mismo, pero siempre puede convencerla para que se haga pasar por doncella de vez en cuando, y su aparato digestivo se lo agradecerá con muchos años de placenteras digestiones.
Pero dejemos a un lado el matrimonio, y hablemos del amor. Como todo el mundo sabe, el amor es ciego, y tiene el poder de enmascarar a una amada cuellicorta y aquejada de halitosis, y transformarla, a los ojos de su amante, en la más codiciada y espectacular pin-up. Lo cierto es que este curioso fenómeno da lugar a enardecidas disputas, ya que todos los caballeros suelen pretender que su doncella sea la más idealizada de todas. En mi opinión, este tipo de incidentes podría evitarse si todo el mundo adquiriera el saludable hábito de subirse la visera del casco antes de elegir el objeto de sus amoríos. La gente se pelea ya por demasiadas cosas parecidas a las doncellas, desgraciadamente.
Por tanto, mi consejo es que no acceda a las provocaciones de ese caballerete de la Blanca Luna, si es que aún sigue por ahí. Se me ocurre que, si vuelven a verse en la necesidad de jugarse el honor de sus respectivas, lo hagan por medio de una vibrante partida de póquer. Gane quien gane, seguro que acaban los dos con una buena trompa, y en esas circunstancias las cosas se ven de otra manera. No quiero ser cenizo, pero si vuelven a descalabrarle, me veré en la obligación de echarle yo mismo los tejos a Dulcinea, y mucho me temo que conmigo no se va a divertir ni la mitad que con usted, a pesar de mis –todo hay que decirlo– insuperables dotes amatorias.
Hágame caso, y vaya a lo suyo: esa frescachuela ya está en el bote. Si las cosas se ponen difíciles, cójale la mano y dígale que es la mujer más guapa que ha visto nunca. Por algún extraño motivo, ¡sigue funcionando! Si finalmente está lo suficientemente loco como para caer en sus redes (o en las de cualquier otra) estaré encantado de celebrarlo con usted en el tugurio menos honorable de los alrededores.Sinceramente suyo: Groucho Marx.
PD: Definitivamente, el imaginario colectivo es el club más accesible al que he pertenecido nunca.
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1
Por José Miguel Campos
Foto:
Revista 51 (15/02/2005 a 15/03/2005)
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