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La popularidad de Nasser, en Egipto y en todo el mundo árabe y musulmán se debía al hecho de que fue el primer dirigente egipcio que gobernó la tierra de los faraones. A su lado, Anuar el Sadat que le sucedería.

Hace 50 años: El Cairo

Enrique Meneses, un periodista en El Cairo

En El Cairo con un grupo de "freaks"

Una mañana, escuché gritos en la margen del Nilo. Estaba clareando y todos dormíamos en el “Ko-i-Noor”. Bajé de mi litera y me encontré con agua por las rodillas. Nos estábamos hundiendo. Al estar del lado de tierra, situada a menos de tres metros, pude tirar mis cosas al césped. Salvé todo, incluido mi máquina de escribir y la de fotos.

Luego acudí al pasillo central del barco para ayudar a sacar a unas chicas francesas incapaces de abrir su puerta por la presión del agua. Ellas dormían en el lado más inclinado del houseboat. Perdieron todas sus pertenencias y se encontraron en bragas y sujetador sentadas en la orilla del Nilo. Pudieron vestirse con ropa prestada.

Yo fotografié el desastre y, después de vestirme y dejar mis pertenencias al cuidado de un chiringuito situado a pocos metros, me fui a vender el reportaje al diario Al Ahram. El cobro de mi trabajo me permitió vivir un mes en una pensión y establecer una colaboración con el periódico.

Poco a poco me fui haciendo una pandilla de amigos de distintas nacionalidades y religiones. Italianos, egipcios musulmanes y coptos, greco-chipriotas, sirios. Y hasta un amigo mío de infancia, español, que me encontré en El Cairo por casualidad. Muchos de los chicos y chicas del grupo eran auténticos “freakies” aunque la expresión no se utilizase entonces.

El “Conde” era hijo de una costurera y tenía pretensiones aristocráticas que le empujaban a hacerse bordar ridículas coronas de 10 puntas en sus camisas. Penélope era chipriota y deambulaba como una lánguida embrujada permanentemente asqueada de la vida y buscando en los posos del café turco lo que la reservaba el futuro. Un colega italiano de Il Giorno de Milán, nacido en Mahadi, cerca de El Cairo, nos pasaba información valiosa a los demás colegas que no hablábamos entonces el árabe. También conocía todos los chismes sobre la colonia extranjera de la capital.

Entre cláxones y cuentos

El Cairo era una ciudad de tres millones de habitantes (hoy tiene 7, 3 millones). Abigarrada, llena de sonidos, olores, colores. Los coches funcionaban a golpe de cláxones más que con gasolina. Los taxistas conducían con los pies descalzos, los ciclistas agarraban con los dientes su “galabieh” (túnica egipcia) para que no se enganchase con la cadena. La mitad de la población vivía al aire libre en las terrazas de los edificios.

Los “suks” (zocos) olían a todas las especias de Oriente, los vendedores gritaban su mercancía hasta desgañitarse, los cuentistas reunían “jalakas” (círculos) a su alrededor para escuchar viejos relatos de caravaneros. El vendedor de refrescos, con su enorme barril de cristal apoyado sobre la cadera y los crótalos repicando para atraer a los viandantes con su “eresús” (jarabe), su “carcadé” (refresco de hibiscos) o el “tamarindi” (zumo de tamarindo). La palabra “algarabía”, viene del árabe y en los zocos y calles cairotas veía su justificación.

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Por Enrique Menesesv
Foto: Enrique Meneses
Revista 55 (15/06/2005 a 15/09/2005)


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