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La popularidad de Nasser, en Egipto y en todo el mundo árabe y musulmán se debía al hecho de que fue el primer dirigente egipcio que gobernó la tierra de los faraones. A su lado, Anuar el Sadat que le sucedería.

Hace 50 años: El Cairo

Enrique Meneses, un periodista en El Cairo

Días de vino y rosas en Egipto

Por las noches, había lujosos houseboats convertidos en lo que hoy se llama discotecas. Uno de ellos había pertenecido al rey Faruk y lo regentaba su antiguo secretario italiano, Pulli bey. La carretera de las Pirámides ofrecía numerosos cabarets con atracciones franceses, españolas o inglesas.

En algunas ocasiones, cogíamos provisiones, especialmente bebidas y carnes, y nos marchábamos a Sahara City, hoy desaparecida. Se encontraba a unos pocos kilómetros de las pirámides de Gizeh. Consistía en unas jaimas alrededor de una pista de baile de piso perfectamente pulido y de una gran carpa blanca con el interior cubierto de alfombras, mesas redondas de cobre y asientos en forma de silla de camello que entonces estaban muy de moda.

Cuando se divisaban los faros de los vehículos acercándose a Sahara City, se despertaban los criados que allí se alojaban y reanimaban los fuegos para los asados. La música era variada y abundaba la canción francesa que tanto gustaba en aquella época y que permitía el baile agarradito.

Mientras se hacía la cena consistente en cordero asado con patatas, sémola, zanahorias y nabos, tomábamos los “mezés” de aperitivo o aprovechábamos para hacer carreras de caballos o de camello en el desierto circundante. Algunos se perdían en la oscuridad, detrás de las dunas, acompañados de la chica que les gustaba. Las estrellas se ven más grandes en África y en el desierto parecen gruesos brillantes. Todo inolvidable si se estaba con la mujer adecuada. Durante la cena unos músicos interpretaban las canciones más célebres de Omo Kalzúm. Si aceptábamos gastar unas libras más, podíamos disponer de una sesión de danza del vientre.

Después de cenar, la pista de baile, fuera de la carpa y bajo el cielo estrellado, nos ofrecía la oportunidad de bailar con alguna de las chicas de la pandilla canciones de Aznavour o Dalida. He de decir que los únicos que podían hacer el amor eran los que se traían alguna extranjera que no hubiese nacido en Egipto y estuviese sexualmente liberada. Las italianas o griegas nacidas en el país, eran muy celosas de conservar su virginidad hasta el matrimonio. La única licencia que se permitían era el sexo no vaginal.

La guerra de Suez, en octubre de 1956 vino a poner fin a muchas cosas. La expulsión de judíos, ingleses y franceses, cambió el mapa etnográfico del centro de El Cairo, el que iba de la calle Malika Farida hasta el puente de Kasr-el-Nil a la altura del Hotel Semiramis y entre Zamalek y Garden City hasta Emat-el-Din.

Un mundo que no he vuelto a encontrar en sucesivos viajes. Lo mismo que Lawrence Durrell escribió su célebre “Cuarteto de Alejandría”, El Cairo está esperando todavía que alguien le escriba el suyo de aquella época: El Cairo de hace medio siglo.

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Por Enrique Meneses
Foto: Enrique Meneses
Revista 55 (15/06/2005 a 15/09/2005)


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