Una serigrafía del artista Hélio Oiticica que colgaba de un concierto de Caetano Veloso en 1969 bajo el lema “Se marginal, se héroe” se convirtió en el pasaporte para el exilio londinense del cantautor brasileño. Entonces, en plena dictadura, la marginalidad artística era un suicidio provocado.
Casi cuarenta años después, en Brumadinho, a 60 kilómetros de Belo Horizonte, un colosal territorio de selva atlántica tropical convive con una sala de hamacas con música de Jimi Hendrix. Vuelve a ser una instalación del carioca Hélio Oiticica pero esta vez, elevada a santuario. Contradicciones armonizadas tras cumplirse la profecía de Bob Dylan de que “los tiempos estaban cambiando”.
El lugar se llama Inhotim y ha conciliado de forma impecable el arte y la naturaleza. 2.100 hectáreas de flora autóctona, 1.800 especies botánicas, 40 jardines diseñados por el paisajista Roberto Burle Marx y cuatro lagos conviven con casi 350 obras de arte contemporáneo que atraviesan la vegetación. Desde la canadiense Janet Cardiff al provocador fotógrafo de Oklahoma Larry Clark.
El fundador y hacedor de la fórmula se llama Bernardo Paz (Minas Gerais, 1949), un amante de la botánica y apasionado del arte que amasó fortuna con empresas siderúrgicas y decidió invertirla en una utopía empírica a la cual el mundo del arte observa con una veneración que roza el fervor. Prueba de ello es el premio al mejor coleccionista privado que recibió en esta edición de Arco.
Evolución
El principio de la historia, en la década 70, se refiere a un capricho personal de capital privado y los últimos capítulos del cuento relatan un proyecto educativo que pretende “acercar la cultura al pueblo” y que las instituciones públicas inviertan dinero para poder crear una escuela que de voz a “grandes artistas en la sombra que sobreviven en un país cargado de pobreza”. En la actualidad, la media es de 2.000 visitas por semana entre amantes del arte y grupos escolares.
Bernardo Paz no cree en la decoración artística, sino en el talento dinámico y en el genio compartido. Por eso rechaza el arte moderno, que cataloga como una transición necesaria entre el arte clásico y la cultura contemporánea. Salvando milagros como el Guernica de Picasso y demás obras gaudianas. Defiende la interacción. Y como el logro es inversamente proporcional a la exigencia, Paz pretende que los artistas creen obras ex profeso para la selva del arte, creaciones que transformen el espacio de manera consciente y provoquen. Sugieran. Insinúen. Estimulen. Exciten. “Me interesa la relación con el artista vivo”. Y si no es posible la interacción, busca la creación del artista en si misma. Es el caso de Juan Muñoz, fallecido en 2001, a quien la Tate Modern de Londres dedica en la actualidad la mayor retrospectiva que se ha hecho sobre su arte. Bernardo Paz está detrás de su obra.
Inhotim viaja hacia unas fronteras del arte todavía sin explorar. Un jardín botánico que vela por el rescate de especies autóctonas a través de los 50 jardineros que custodian esa naturaleza y más de 300 obras salpicadas en espacio cuyas piezas rotan cada dos años a capricho de los tres comisarios que dirigen el proyecto. Salvajismo civilizado o civilización salvaje. Un orgasmo para los sentidos que bebe de una historia de heroicidad marginal, tal y como defendía Hélio Oiticica.