Los críticos tienen mala fama. Eunucos en el harén de las artes, dictadores del gusto, plumas corrompidas por el soborno sutil, la amistad, el estilo. A ello contribuyen personajes al estilo de Boyero o Pumares. Sin embargo, más allá del narcisismo intelectual o el exabrupto ameno, existe un modelo de crítico riguroso y distante, prudente y preciso. Es el paradigma al que aspira Javier Villán, crítico de toros y teatro. Poeta. El “heredero de Cela y Umbral, de Cossío y Díez-Canedo, de Bergamín y Claudio Rodríguez”, en definición de Ignacio Amestoy, lo tiene claro:
“El gusto personal no debe influir en la crítica. Tampoco pueden existir amiguismo. Ni grandes simpatías ni grandes enemistades. La crítica hay que pensársela bien y hacer un análisis riguroso y nunca complaciente. No se puede buscar el elogio”.
Esta respuesta puede dar una imagen equivocada de Villán. No es un crítico al margen del pequeño mundo del teatro. Se siente implicado en las artes escénicas tanto como el autor, los actores, el director o el productor. Y no elude la relación con ellos. En especial con el dramaturgo Alfonso Sastre, al que considera, en deliberada hipérbole, “el mejor autor español del siglo XX”. ¿Está vendido Villán a su amigo Sastre, cuya versión de Marat-Sade, de Peter Weiss, representa Animalario en el Teatro María Guerrero hasta el 29 de abril? El crítico lo niega. De hecho, asegura que no le ha temblado el pulso a la hora de firmar reseñas hostiles a los intereses del héroe del teatro radical.
Sastre nunca ha protestado por ello pero, a lo largo de su carrera, Javier Villán ha encontrado reacciones más adversas a sus críticas, incluso amenazas anónimas. Son gajes del oficio. ¿Y los sobornos? ¿Ha recibido alguna propuesta deshonesta el crítico de El Mundo? “Nunca. El máximo premio que he obtenido ha sido el beso de una primera actriz o el abrazo de los autores, tras una crítica merecidamente positiva. Por otra parte, una propuesta deshonesta no puede ofender a nadie…” ¿La función de la crítica? “Si tiene alguna, es expresar abiertamente el significado de una obra, encuadrarla y dilucidarla estilísticamente”. Para ello se necesita un tiempo de reflexión. “Estoy acostumbrado a la crítica taurina. Marca mi ritmo como crítico. Al tener poco tiempo, debes tomar notas y estar muy atento. Al final, como mucho, tienes 24 horas para reflexionar sobre un espectáculo. En teatro también tomo notas pero no me siento cómodo con la urgencia de los grandes estrenos. Se necesita una preparación y una revisión de textos para analizar la obra y emitir un juicio sobre ella”, aclara Javier Villán para insistir en el aspecto más científico de la crítica. Así sea.