El cine mudo nunca pierde actualidad. En el Teatro de la Zarzuela se le trata con mucho mimo desde 2000, pues se celebra un concierto proyección en el que se recuperan títulos cinematográficos y se encarga la composición de una partitura ex profeso a un compositor nacional. Para 2008 será José Luis Turina.
Turina es también director artístico de la Joven Orquesta Nacional de España, que ha seleccionado para la ocasión cortometrajes sobre cuentos infantiles clásicos, como Pulgarcito o Aladino y la lámpara maravillosa, llevados al cine por Segundo de Chomón a principios del siglo XX.
Ha creado para esta proyección una música que “se adapta estrechamente a la imagen; sigue, en cierto sentido, el mismo curso dramático”. Si bien, en otras ocasiones no ha sido necesario crear esta interrelación, en este caso es fundamental por tratarse de un proyecto dedicado al público infantil, “la música estaba obligada a servir a la imagen de una forma muy directa. Cada película tiene su música independiente, de forma que el resultado final es como una suite de cinco movimientos. Pero incluso así concebida hay algunos elementos musicales que saltan de una película a otra, lo que confiere unidad al conjunto”.
Sin duda nos resulta hoy día un tanto extraña la contemplación de una película muda, después de haber conocido los grandes progresos técnicos que se han producido en el mundo audiovisual. Pero también se lo resultaba a los contemporáneos de entonces, cuando necesitaban de un grupo de músicos que animara sonoramente lo que se estaba viendo.
Turina no cree que la música mejore la película, “aunque sí puede hacer variar la actitud y el interés del espectador. Todo estará en último extremo en función de la calidad de la partitura, al igual que el hecho de que una película muda sobreviva estriba en su calidad intrínseca o en su originalidad. Si se dan ambas circunstancias, entonces se puede llegar a producir una excelente simbiosis entre la película y la música compuesta para ella que dé como resultado un producto artístico global y en cierto modo inseparable. Es el caso por ejemplo de los binomios Eisenstein-Prokofiev o Fellini-Rota”.
El silencio y la música parecen antagonistas aunque on complementarios, como plantea el compositor en una reflexión acerca de la importancia del silencio en su música: “El silencio es a la música lo que el lienzo a la pintura, y por tanto el compositor puede jugar con él y trabajarlo a voluntad, integrándolo en el contexto sonoro y haciéndolo aparecer y desaparecer a voluntad. Se trata de un silencio relativo por ser el elemento que garantiza que la música circule de forma fluida y espontánea. Esto es tanto más importante cuanto mayor es la complejidad de la pieza: una partitura en la que no se alternen de forma dosificada compases de silencio entre las diferentes partes, o una particella en la que apenas haya compases de espera, tienen todas las papeletas para acabar siendo un producto denso e indigerible. También el silencio absoluto puede tener un gran componente musical: aparte de servir de marco obligado que señala el principio y el fin de una obra, es susceptible de tener una carga dramática, de una mayor o menor expectación, que lo haga particularmente expresivo”.
Concierto-proyección · 13 de mayo 2008 · Teatro de la Zarzuela · http://teatrodelazarzuela.mcu.es