Érase una vez un niño de papel que apareció una mañana de invierno colgado de una húmeda pared en el East Village de Manhattan...
La historia comienza un día en el que paseo por este barrio neoyorquino sin rumbo fijo, y mi ensimismamiento se ve interrumpido por una pequeña figura de papel, que pende oscilante de una pared con un cordelito rojo. Me acerco y una grata sensación de felicidad me invade al comprobar que se trata de un niño, uno de los delicados niños que Guillermo Martín Bermejo ha creado para su proyecto “Lost Boys”.
El artista comenzó esta iniciativa hace meses en Basilea, y posteriormente lo desarrolló en Nueva York, donde residió durante una temporada. A lo largo de las calles de dicha ciudad, repartió un centenar de niños perdidos, desde los lugares más visibles a los más insospechados, y todos los ejemplares firmados, numerados y con la dirección electrónica de su creador, a fin de que el afortunado padre adoptivo se ponga en contacto con él para confirmar su recogida y expresar su emoción, sorpresa o gratitud.
Durante el mes de febrero continuó su proyecto en Madrid, aunque en esta ocasión no tuve la suerte de encontrar un hermano para el niño que en estos momentos pende de una de mis paredes, ya resguardado, y a salvo de la jungla neoyorquina. En cualquier caso, aún tengo una posibilidad, ya que durante esta primavera el artista inundará con su obra las calles de la capital francesa.
Guillermo Martín Bermejo, nacido en Madrid en 1971, ha participado en numerosas exposiciones tanto en España, como en Basilea, México o Bruselas. Combina un dibujo cercano a la ilustración infantil con instalaciones, esculturas o intervenciones. En este caso se embarca en un trabajo que se balancea entre el Street Art y el Arte Social, entre lo transgresor y lo romántico, lo urbano y lo idealista.
Con su proyecto nos invita a ser partícipes de una especie de juego en el que todos ganan, un juego que nos remite a un doble encuentro: el del caminante ante el niño perdido y abandonado a una suerte incierta, así como el encuentro del artista con esta persona desconocida.
El ritmo actual de la vida urbana nos inmuniza ante ciertas experiencias cotidianas, ante el disfrute de las pequeñas cosas. Lost Boys nos empuja a reaccionar ante lo inesperado, ante un encuentro de un pedacito de arte perdido que se tiene que adoptar, convirtiendo así la pérdida en un hallazgo cargado de emoción.
Nos habla de la posibilidad de cambiar las cosas, de que los detalles más simples pueden darnos otra perspectiva ante la vida, y de que hay muchos tipos de ojos para mirar la rutina diaria, y es mejor tenerlos todos abiertos.
Hay muchas capas dentro de una misma realidad, y un simple niño de papel puede ayudarnos a desvelar algunas de ellas.
El artista nos regala así un pedacito de poesía, y nos demuestra que el arte es algo que no tiene por qué pertenecer solamente a unos pocos.