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La ruta de la seda
El silencio vivía en cualquier lugar
Viaje a Asia Central
Hace unos años me propuse escribir un libro sobre Asia Central, así que organicé un largo viaje por las estepas, montañas y desiertos de esa vasta y desconocida región. No me quedó más remedio que titularlo “Viaje al silencio” porque, a pesar de las enriquecedoras vivencias que me salieron al paso una vez iniciada mi aventura, el hallazgo más inesperado y sorprendente fue, sin duda, la experiencia de un silencio transformador que, como una flecha certera, me condujo, una y otra vez, al centro de mí mismo.
Cuando Gengis Kan se acercaba a una ciudad al frente de sus hordas, ésta enmudecía. Cuando se iba, donde antes hervía un enjambre de vida, sólo habitaba el silencio. Este silencio sobrecogedor lo encontré aún presente en las ruinas de Kenya Urgench y en otros lugares igualmente arrasados por la barbarie más desatada que han conocido los tiempos.
Pero lo que a mí me transformó fueron otras experiencias igualmente mudas: los inacabables atardeceres en el desierto del Karakum, donde los colores de la vida se van fundiendo lentamente en las tinieblas sin otro testigo que el silencio. O las noches del Kizilkum, en las que las formas y los sonidos se diluyen de tal modo en la nada que uno sólo sabe que está vivo porque le miran las estrellas.
La estepa infinita y las “montañas celestiales” de Kirguistán también me regalaron momentos sublimes en los que el mundo parecía apagarse y la propia conciencia desbordaba los límites del cuerpo hasta hacerse infinita.
Recuerdo particularmente una noche en la estepa kazaja. Tuve que dormir en el interior del vehículo en el que viajaba. A eso de las tres de la madrugada me dolía todo el cuerpo y me sentía incómodamente encerrado en el reducido espacio del todoterreno, así que decidí salir a respirar a mis anchas el aire fresco y perfumado de hierbas de la noche. Una hermosa luna casi llena brillaba en un cielo despejado, animándome a caminar colina arriba para contemplarla más de cerca. Cuanto más me alejaba del vehículo, mayor era la alegría que me embargaba. “Esta noche no disfrutaré de una buena cama, pero sí de libertad, silencio y soledad”, me dije a mismo. Encontré la rodada de un camino y la seguí.
Mis pasos sonaban en la noche como hielo crujiente. Cada poco me detenía para cerciorarme de que el silencio aún me acompañaba, mientras una leve brisa reproducía en mi oído la caricia del plumón sobre la seda. En una ladera escarpada encontré una roca apropiada y me senté a disfrutar de la soledad plateada del plenilunio. No había ni un solo sonido que interrumpiera el plácido fluir de la noche.
Por Francisco López-Seivane
Foto: Francisco López-Seivane
Revista 55 (15/06/2005 a 15/09/2005)
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