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La ruta de la seda
El silencio vivía en cualquier lugar
Cautivo del silencio, atrapado en su magia
Semanas antes, en Uzbekistán, el primer encuentro que experimenté con el silencio en las arenas del Kizilkum ya había marcado un cambio de sentido en los avatares de mi viaje. Las anécdotas y los acontecimientos cotidianos habían pasado a ser, desde entonces, meros comparsas de una naciente y transformadora experiencia interior.
Después, en las riberas del Issy-Kul, sentí que aquella experiencia se avivaba y viví cada instante con una profunda alegría que ya no me abandonaría. Finalmente, en las montañas celestiales del Tien Shan creí haber descubierto la morada última del silencio. Pero no, ahora sabía que éste vivía en cualquier lugar, que era el sustrato de todas las cosas, y que sólo en los paisajes virginales e incontaminados se manifiesta en todo su esplendor.
En aquellos momentos me parecía que la vida, con sus cambiantes formas, sonidos y colores, con sus emociones, anhelos y ambiciones, no era más que una comedia representada sobre el telón de fondo de un universo en silencio. Bastaba que los rumores del mundo se apagaran, que la pasión se extinguiera, para que el silencio impusiera de inmediato su infinita presencia.
Estaba siempre ahí, en el cielo y en el mar, en el desierto y en la montaña, en el cerebro y en el corazón; era la música del alma, la morada de la paz. En él se disolvían todos los miedos y todos los males. Ignoro si existe el cielo, pero en aquellos momentos no podía concebir un paraíso que no estuviera hecho de silencio.
Allí, en la infinita estepa kazaja, estaba experimentando entonces la misma sensación inefable de plenitud, paz y centramiento que ya sintiera en el desierto y en la montaña. Era una experiencia que hacía del presente el acto único de la vida, apagando, como si de una llama se tratase, cualquier rescoldo del pasado y cualquier destello del futuro.
Jamás pensé que aquel viaje fuera a enseñarme otra cosa que un poco de historia, algunas costumbres y las inevitables lecciones que la adversidad depara a todo viajero, pero me encontré cautivo del silencio, atrapado por su magia en un mundo interior que no era capaz de describir, pero que había sosegado mi ánimo de una manera que quisiera conservar para siempre.I
Por Francisco López-Seivane
Foto: Francisco López-Seivane
Revista 55 (15/06/2005 a 15/09/2005)
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