|
[ Noticias y Destacados ]
|
|
|
|
|
|
|
[ Revista y Sumarios ]
|
|
|
|
|
[ Otros Enlaces ]
|
|
|
|
|
|
[ Inicio - Revista . Primer Plano ]
|
La vida en un hilo
La abuela en sus tareas
Recuerdos de la abuela
Pero si me animo y rebusco en la memoria no me resulta difícil encontrarla sentada en el sofá de mi casa haciendo punto o calceta. Ya fuera en verano, con la aguja de ganchillo a la vera de la luz que entraba por la ventana, o en invierno, cuando habían empezado a caer las hojas que le daban un aire de decadente salón persa a mi barrio con ocres, rojos y amarillos sobre los que correteábamos mi hermana y yo, tú la llevas, nuestra abuela buscaba en el rincón junto al sofá la bolsa de plástico donde se guardaban las agujas de tejer envueltas en piezas de jerseys abandonados a medio hacer desde el fin del invierno anterior.
Mirar dentro de esa bolsa era el inicio de los rituales del cambio de estación, luego tocaba sacar de los armarios las mantas y las sábanas de franela compradas al otro lado de la frontera en cada visita al pueblo. ¿Cuándo volvemos a bañarnos en la Portaça, abuela?, otro año tendrá que ser, hijo. Pero ya no será, nunca. Las agujas de punto sólo tenían cabida fuera de la temporada invernal si en las tardes de verano el niño distraía la soledad de la siesta jugando en la terraza a ser torero, y cogía las agujas porque eran lo más parecido a unas banderillas que encontraba a mano.
Tras un vistazo a la bolsa se ponía en marcha siempre la misma rutina. Mi hermana y yo nos convertíamos en maniquíes improvisados a los que les iba todo pequeño, estos niños, hija, que no paran de crecer, cada año están más grandes, al contrario que ella que menguaba poco a poco como las viejas piezas del año anterior que ya no nos valían y deshacía a tirones. Ese hilo, una vez desanudado, se convertía en unos cuantos montones metidos otra vez en la bolsa junto a las agujas que estaban ya desnudas de nuevo. Más tarde nos obligaría a ayudarla a ovillar esa lana, esposándonos a su lado con la férrea ternura de las madejas en nuestras muñecas, moviendo los brazos para facilitar el enrollado del hilo.
Sólo cuando tenía toda la lana en ovillos retomaba la labor interrumpida el invierno anterior: Volvía a cogernos medida con paciencia, anda, estate quieto y pórtate bien como tu hermana, elegía el punto a seguir y comenzaba una nueva prenda de abrigo con los restos de las que nunca llegaron a serlo, Penélope eterna.
Para cuando llegaba el verdadero frío había terminado las tres piezas que formaban el jersey y volvíamos a ser maniquíes, esta vez bien abrigados, ya sólo a la espera de que nuestra madre cosiera el rompecabezas para salir corriendo de nuevo al salón persa que alguien parecía haber expoliado de los limpios que estaban ahora los árboles y las calles.
Pero desde ese frío agosto me da la sensación de que todo sea un invierno eterno. Cuando se me fue entre las manos como las madejas de cuando era niño no se acordó de dejarme hecho un jersey para no pasar frío. Tan sólo pudo llevarse al niño, bien abrigado como siempre con el calor de su lana, y se dejó aquí al hombre, muerto de frío.
ir a página:
1
Por Antonio Jiménez Morato
Foto: Pilar Jiménez
Revista 44 (15/05/2004 a 15/06/2004)
|
|
|
[ Tienda El Duende ]
|
|
|
|
|
[ En esta entrega ]
|
|
|
|
|
[ Comentarios ]
|
|
|
|
|
[ Más Duende ]
|
|
|
|