Bruno Galindo irá al infierno por mezquino, al cielo por buen tipo, o se quedará en el mezzanine por tibio; imposible saberlo a día de hoy, ni aún juntando en un consejo de guerra a todos sus detractores pasados y benefactores futuros.
Hay dos opciones: contarla o callarla. Pero la felonía cometida siempre estará ahí: como una sombra impertinente que sólo uno ve. Se insinuará en sucesos similares de los que sólo se apercibirá el infractor. Aparecerá en la vigilia y aparecerá en los sueños. Quizás se repetirá en carne propia.
Por un lado está el morbo de la confesión. Que el mal tiene cierto glamour quedó demostrado hace unas semanas, cuando el multimillonario editor de Maxim, Felix Dennis, confesó en una entrevista, entre vinos, que había matado a un hombre. “Peleaba por una mujer por la que sentía algo. Subimos a un acantilado. Yo no ataqué a nadie sin ningún motivo. Yo no le empujé”. Dennis, un tipo que podría comprar la muerte silenciosa de mil hombres, sucumbe: “Pero le maté”. El periodista, atónito, sigue preguntando dónde, cuándo, en qué país ocurrió, pero no va a sacarle nada más a su interlocutor porque éste ya experimenta la embriagadora liberación que tantas veces trató de imaginar. “Le maté”, insiste antes de cambiar de tema para siempre, “es todo lo que debes saber. Todos deben saberlo”.
En nuestro cerebro debe haber algún recoveco de difícil acceso -un minicerebro autónomo, una minúscula sala de cine con una sola butaca donde se proyecta, en bucle, la parte inconveniente de la vida propia, y lo que se ve es una Exhibición de Atrocidades, parafraseando al superpsiquiatra J. G. Ballard- que en un punto hace obligatoria la confesión de la villanía, a pesar de que esta someterá a su autor a escarnio público. Pero la cosa compensa -bien lo sabe la Iglesia, y buen rédito le ha sacado a lo largo de los siglos-. Me referiré a otro caso reciente: el de Horst Rippert, ex aviador alemán de 88 años que hace muy poco confesó inesperadamente haber tumbado la avioneta del héroe (de su héroe) aéreo y literario, Antoine de St. Exupèry, aka Le Petit Prince. Dio las coordenadas, ofreció ciertos detalles: parece que lo que dijo es cierto. He aquí un caso de infamia justificable: entre militares de bandos opuestos causar la muerte no se ve como asesinato, ni precisa justificante.
Pero la mente tiene sus propios códigos. De ahí, también, la confesión de Gunter Grass acerca de un pasado juvenil en las filas del partido nazi -pido permiso y perdón al maestro de Danzig por incluirle en este artículo sobre mala gente-.
La otra opción ante la maldad cometida, decía, es no reconocerla y callarla, lo que constituye una doble cobardía, como todo el mundo puede entender. Aquí la memoria selectiva sirve para limpiar de errores el disco duro, o la conciencia tiene tanto callo que simplemente funciona a prueba de bomba. Se ha tapiado el acceso a ese supuesto cine y ya no se oye lo que suena dentro. ¿O quizás sí? Tal vez en algún caso sí. Fíjense en este. Estamos en la soleada California, son los últimos años del XIX y tenemos a un hombre llamado Oliver Winchester cuya creación -el padre de los rifles de repetición- ha servido para montar un imperio y convertir las desavenencias entre sus compatriotas en un río de sangre. La conciencia atormenta al dueño de la patente de arma de fuego más famosa del mundo: oye voces y teme represalias; está convencido de que los espíritus de las víctimas de su invento van a venir a hacer de los últimos años de su vida un infierno. De modo que manda construir una gigantesca mansión-laberinto, llena de corredores que no conducen a ninguna parte, escaleras que acaban en techos cerrados, habitaciones -¡160, nada menos!- completamente idénticas, ascensores que llevan a plantas vacías, pasadizos que conectan entre sí… Su propia familia necesitará un mapa para vivir allí, pero las almas en pena se perderán por los pasillos. 38 años, 365 al año y 24 horas al día duró la construcción de la Winchester Mystery House, que se puede visitar en la ciudad de San José y que materializa aquello de lo que estamos hablando: la maldad que no se saca al aire tiene un elevado coste. Uno piensa entonces que a este grupo deberían pertenecen causantes de muertes en masa tales como Hitler, Pol Pot, Bush, Sharon, Idi Amin, Videla, Pinochet, Blair o Aznar; el caso es que pocas veces se ha dado la noticia de que un político contrito y abrumado por su pasado haya recurrido al mea culpa. “¡Hice lo que tenía que hacer!” suele ser el argumento, en caso de que el gobernante en cuestión tenga la deferencia de ofrecer una explicación.
Yo, vil. Es mi turno, aunque no deja de ser una pretensión tirar de primera persona y presentarme como un mal tipo. ¿A quién me voy a equiparar? ¿A Lope de Aguirre, Lautremont, Condoleezza? ¡Ojalá! ¿Sacaré lo de Jeckyll y Hyde? Nah. Yo no he cometido toda clase de atropellos -creo- sino -creo- los más pequeños, mundanos, mezquinos y habituales entre nosotros. He robado en los grandes almacenes cosas que tenía dinero para pagar -pero esto tiene hasta gracia-. He mentido innecesariamente y durante épocas prolongadas de mi juventud para hacer de mi realidad algo menos adverso -la cosa se va poniendo más cutre-. Hace tiempo utilicé injustos sistemas de compensación para salir airoso de una relación marchita -¿ah, y tú no?-. He de admitir, qué le voy a hacer, que ha habido gente con la que no he estado a la altura: amigos, familiares, novias, jefes, maestros. Sin embargo, de todos los actos viles que he cometido en mi vida, ninguno me causa más desvelo que los que cometí en el mi época de colegial. He aquí lo que más me duele haber hecho en toda mi vida: cuando era pequeño eché de mi fiesta de cumpleaños a un amigo íntimo sin ningún motivo sólido. ¿Algo que lamentaré mientras viva? Eso. Lo siento, Christian. El caso es que no sé por qué lo hice.