Arquitecto él mismo y catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de Madrid, Luis Fernández-Galiano lleva dos décadas escribiendo sobre arquitectura desde las páginas de El País o desde Arquitectura Viva, la revista que dirige. Autor de libros como “El fuego y la memoria: sobre arquitectura y energía” y jurado en diversos premios nacionales e internacionales, como el Mies Van der Rohe, también ha trabajado como asesor de gobiernos regionales para proyectos públicos. Crítico con las empanadas estéticas de, por ejemplo, el Hotel Puerta de América en Madrid, ha sido una de las primeras voces en alzarse contra el “efecto Guggenheim” y el uso de la arquitectura como una maniobra de marketing para las ciudades.
¿Cómo ve la crítica de arquitectura en España?
La crítica está en relación a los periódicos y revistas que se publican, distinguiendo en esto los medios masivos y la mínima parte de publicaciones especializadas para arquitectos. En otros países sí que hay crítica de arquitectura en radio y televisión. Lo que sí hay, y que no existía hace quince años, es una mayor predisposición de los medios generales, los periódicos, a dedicar páginas enteras a la arquitectura. A nivel de pensamiento y estilo, no es inferior a la de otros países de nuestro entorno, aunque eso como crítico me resulta más difícil analizarlo. Sí adolece de una cierta superficialidad, dependiendo en buena medida de circunstancias que no pueden siempre controlarse, como los concursos de arquitectura o las adjudicaciones de edificios. La agenda de la crítica bien muy marcada por las terminaciones de los edificios.
¿Es necesario ser arquitecto para ser buen crítico?
Lo cierto es que la gran mayoría de los críticos, o de los que escribimos sobre arquitectura, somos arquitectos. A diferencia de lo que ocurre en otras disciplinas, donde la aproximación crítica suele ser más literaria. Quizá porque no es más fácil interpretar las construcciones cuando sólo son un proyecto, un plano, un documento técnico. Pero en realidad la arquitectura pertenece a todos, así que sería bueno que hubiera sobre ella una opinión más amplia.
Ha dicho que la palabra “belleza” no es muy común en la actualidad.
Es poco corriente porque se asocia mucho a una visión tradicional. Desde “La Belleza convulsa” de Baudelaire, los críticos se han limitado a hablar de la belleza plácida. Eso es cierto. Creo que ahora la crítica se centra más en averiguar qué hay de novedoso, de atractivo o de propositivo en cada edificio, más que en qué puede tener de continuidad con el pasado. La originalidad se prima sobre la belleza convencional.
¿Influye la crítica en el trabajo de los arquitectos?
Mucho en los que trabajan para el sector público. En Europa, la inmensa mayoría que comentamos las revistas son edificios de iniciativa pública, y en esa medida los arquitectos son sensibles a la crítica porque afecta a su estatus profesional y a la percepción del público y los políticos. Los arquitectos que trabajan para el sector privado son más inmunes a la crítica. Para ellos lo fundamental es tener una relación sólida con su cliente y que sus proyectos respondan a las expectativas presupuestarias.
¿A usted alguno le ha hecho caso?
Bueno... sí. Es corriente que entre colegas haya un buen nivel de diálogo y que la arquitectura se modifique en el curso del trabajo. Pero por una cosa muy sencilla: es arte público, que ocupa un espacio público, y del que todo el mundo opina. Los arquitectos en el desarrollo del trabajo, o a veces en proyectos sucesivos, muchas veces hacen caso de las críticas que escuchan, no sólo de las del crítico oficial, también del público, del cliente.
¿Es más civilizada que las demás la crítica de arquitectura?
Digamos que es más liviana en las formas, más de perfil bajo. Todo es más coloquial y es más difícil que haya enfados. Además, nosotros hablamos con los arquitectos, vamos a los despachos a ver los proyectos, no es como ir al cine. En esas condiciones es muy difícil ser hostil.
¿Así que en todos estos años usted no ha generado ningún enemigo declarado?
No, por fortuna no. No llegamos a los niveles de la crítica literaria donde se crean grandes enemistades. Ha podido haber roces o malentendidos, pero nunca han dejado heridas profundas. Mantengo muy buenas relaciones con arquitectos nacionales e internacionales.
Sí es crítico con el “efecto Guggenheim”, con los edificios estandarte. ¿Sigue pensando lo mismo?
Ha introducido ese factor de novedad o sorpresa de tal forma que hoy es casi imposible ganar un concurso si no se ha propuesto algo extravagante. Si propones algo contextual, que satisfaga necesidades, pero sin dar gritos simbólicos, es muy difícil. Los arquitectos de perfil más sosegado están teniendo dificultades para sobrevivir en este entorno más exigente en cuanto a la exacerbación de lo icónico. Los políticos demandan iconos, quieren edificios-trofeo, y los arquitectos que no saben ni quieren desarrollar esas formas abruptas pasan dificultades.
Acaba de estar en un jurado que ha adjudicado una Ciudad del Motor a Foster. ¿Contradictorio?
No. Mi deber es asesorar a los políticos sobre lo que considero fundamental: que haya un consenso entra las fuerzas políticas. Este contó con el apoyo de los cinco grupos. Eso es lo bueno, ayudar a que haya consenso y todos piensen que es el mejor proyecto para los intereses de la comunidad sobre cualquier interés mezquino o partidista.
Tiene enfrente de su oficina las obras del Manzanares. ¿Qué opina de ellas?
Conozco bien la obra propuesta por el señor Gallardón y, en general, estoy a favor. Es una obra necesaria para la ciudad que ha causado muchísimas incomodidades a todos, incluidos a nosotros que hemos vivido la pesadilla durante dos años. Y, sin embargo, creo que es bueno para la zona y que a la larga la agradeceremos. Enterrar la autopista y recuperar parques en la ribera del río me parece un empeño al que sólo se le pueden poner pegas en el terreno presupuestario. El contenido es bueno. Otra cosa es hasta qué año estaremos endeudados.
¿Qué arquitectos le interesan más a día de hoy?
Soy muy ecléctico y me interesan los mismos que a mis colegas. En los últimos años para nosotros la arquitectura más interesante ha sido la polémica entre suizos, encabezados por Herzog y DeMeuron, y los holandeses, encabezados por Kolhaas. Ese ha sido el gran campo de batalla de la arquitectura y todos lo hemos seguido con atención. Y junto a eso hay otra tendencia de arquitectos con una impronta más tecnológica, como Foster en Gran Bretaña o Renzo Piano en Italia.
¿Y alguno que sea su bestia negra particular?
De eso no tengo. Le voy a dar la vuelta a tu pregunta: aunque la bestia negra de gran parte de la profesión a día de hoy es Santiago Calatrava, porque realmente hay pocos arquitectos que lo defiendan, creo que hay muchos edificios suyos destacables. Es un hombre con un enorme talento, y sin embargo como la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia yo creo que es el ejemplo mejor de una obra con una voluntad simbólica y una inversión publicitaria y presupuestaria desmesuradas. Y con todo, lo defiendo. En general, la peor de las arquitecturas no es de aquella que hablamos, sino de aquella que no hablamos: todos esos despachos corporativos que producen un edificio tras otro.