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Pecunia non olet

“Dejen de comerse la cabeza, lean, a Cavafis por ejemplo, y disfruten del viaje”

La digestión de los libros

A uno le gustaría decir que tenemos unas librerías maravillosas, pero... Imaginen que pasara lo mismo con las carnicerías: que desaparecieran, que sólo se pudiera comprar carne allí donde no saben cortarla ni venderla. Antes había muchísimas, en los barrios los libros estaban acompañados por la papelería. Eran malitas y escasas, pero estaban cerca.

Ahora los libros han dejado su lugar a la prensa y las chucherías. Donde hoy se venden libros es en las grandes superficies, junto a tomates y destornilladores, o en los grandes almacenes -ecosistema idóneo de medias y carteras de piel-, o en los centros comerciales de ocio, esos paraísos que soñábamos los lectores y que en la realidad tienen sólo libros editados los dos últimos meses porque de hace dos años son viejos y ya no existen.

Librerías como Dios manda quedan pocas, y lo peor de todo es que últimamente contratan a gente que no sabe cómo atenderlas, les da lo mismo un libro que un calcetín, atienden como una de estas hamburgueserías a las que se va con coche y así no hay quien se vaya satisfecho, y siempre falta algo, el tomate, las patatas o alimento para el cerebro.

También sería maravilloso decir que la ingesta excesiva de comida basura es algo reciente. Que si ahora se venden como rosquillas, perdón: donuts, los "best-sellers" más zafios para lectores comodones es porque la mercadotecnia -palabra española- ha triunfado tanto en el mundo de la cultura como en el resto. Todo es mercado, producto, espectáculo. Los autores fabrican libros a medida para un mercado que los engulle como si se tratara de hamburguesas y los promociona en apariciones insulsas en la televisión. Es muy fácil explicar por qué todo el mundo se lanza a leer libros simplones y de consumo fácil con una simple referencia a la influencia yanqui.

Pero la verdad es que durante siglos lo que ha funcionado en España fue el Kempis y que Blasco Ibáñez vivió mucho mejor que los más nutritivos Galdós o Baroja, y eso que ellos tampoco vivieron mal, con esto de la literatura. Resumiendo, que la dieta mediterránea es maravillosa en lo gastronómico, a mí me encanta, pero en lo literario en España hemos pasado del pan duro a los perritos grasosos. Sólo eso. Que pata negra literaria siempre ha habido, pero no vende. Ése es el problema. Que cuatro escriben para que lean ocho, y punto. No hay que tirarse de los pelos y clamar en el desierto. Basta con dejar que el río siga su curso: unos leerán mucho y bien, otros no leerán nada, y una enorme mayoría leerán poco y mal, pero al menos algo les dará para seguir vivos, y además seguirán imponiendo su criterio a través de la lista de ventas.

Porque eso sí que ha sido siempre lo más odioso de las mayorías, que no les vale con ser más sino que encima quieran tener la razón, aunque algunos prefiramos una merluza al Capitán Iglo. Suerte que eso no sigue siendo cuestión de números. Dejen de comerse la cabeza, lean, a Cavafis por ejemplo, y disfruten del viaje.

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Por Antonio Jiménez Morato
Foto:
Revista 46 (15/09/2004 a 15/10/2004)


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