Como el genio de la lámpara, Pierrick Sorin lleva casi dos décadas llenando de dudas mágicas la realidad. Autor de pequeños teatros visuales donde apariciones fantasmales holográficas de última generación se mezclan con recursos escénicos de viejo feriante, su discurso paródico y burlesco sobre la ciencia, el amor, el arte o los valores humanos, ha convertido sus piezas en objeto de admiración tanto por los popes del arte contemporáneo como por un vasto público de cualquier edad o condición.
Lo primero que uno se pregunta cuando observa el trabajo de Pierrick Sorin (Nantes, 1960) es si conviene definirlo como artistas plástico o es mucho más acertado considerarlo un talento marginal del show business. Sus piezas, que se han visto en los grandes museos del mundo, del Guggenheim neoyorkino a la Tate de Londres, suelen tomar la forma de pequeños teatros de apariciones, donde conjuga sus dotes interpretativas (Sorin es el actor de sus piezas y ha participado también como intérprete en dos películas francesas: el drama social Línea 208 de Bernard Dumont y Los ruidos de la ciudad de Sophie Comtet) con la elaboración de apabullantes trucos ópticos que generan una sensación de realidad palpable en aquello que sólo es una compleja proyección de hologramas y trucajes. Sorin, que se considera hijo conceptual de Meliés, construye un universo burlesco y paródico donde se carcajea igual del sentido del arte que de las aspiraciones humanas, y su estilo visual tiende a una representación retro de un futuro en permanente presente, al modo de otros compatriotas como el maestro Jacques Tati o los coetáneos Jeunet y Caro.
El trabajo de Sorin saltó a la palestra en 1988 cuando presentó Réveils, grabación continuada de sus despertares durante un mes, cargada de sentido cómico, que realizó mientras trabajaba para el canal France 3. Esta misma cadena emitió luego su serie televisiva Pierrick y Jean Loup (1994) que él mismo definió como “la historia de dos hombres no precisamente animados por sus grandes valores”. El éxito lo llevó a desarrollar sus cada vez más complicadas instalaciones que, a modo de carpa de feria replanteada, van llevando al espectador de una escena mágica a otra, en un apasionante tour por la irrealidad y la imaginación. Sorin también ha colaborado en el último lustro con grandes instituciones, museos y marcas comerciales, como Renault.
En 2001 realizó, junto al cerebro creador de la imagen publicitaria de Chanel, Jean Paul Goude, una instalación para la casa francesa que trasladaba a la realidad los cinco elementos de la naturaleza, en forma de espejos que hacían parecer que el pelo de los visitantes ardía o con hologramas de semi-ninfas que semejaban volaban en el espacio real de la exhibición. Su trabajo también pasó por el Foro de las culturas de Barcelona en 2004, dentro de la muestra “City Corners”, y el pasado enero estrenó, en el parisino Théatre du Châtelet, en colaboración con Georgio Barberio Corsetti, una versión microteatral llena de recursos ópticos y videográficos de la ópera de Rossini “La Pietra del Paragone”.
www.pierricksorin.com