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Soltando tacos
Dos mundos se miden en un combate desigual.
El día que Eddie Felson tuvo que enfrentarse a los jugadores de billar rusos no sabía que para ellos su combate trascendía sus propias personalidades
El día que Eddie Felson tuvo que enfrentarse a los jugadores de billar rusos no sabía que para ellos su combate trascendía sus propias personalidades. Aunque Eddie tuviera los ojos azules y un rostro hermoso, a los rojos su belleza no les impresionaba. Para los comunistas, el propio concepto de belleza masculina era puramente capitalista, ellos eran más machos que nadie. Igual que los había imaginado la pintora Varvara Stepanova en 1921, una de las figuras más importantes de las vanguardias rusas: dinámicos, eficientes, robóticos... el ideal stajanovista y viril que su propio sistema promulgaba. Y Eddie, bueno, el pobre Eddie siempre fue un pobre perdedor que les pareció el colmo de la decadencia occidental.
Entró con sus andares cansinos y su mirada tristona y seductora. Pensando que sería fácil vencer. No sabía cómo había terminado en la gélida Rusia, o quizá sí, lo sabía pero prefería no recordarlo: demasiado cruel aquella trágica historia persiguiendo un sueño absurdo de una punta a otra del mundo, aquella mujer que lo había conducido hasta Stalingrado, aún devastada. Corría el año 50 y, por aquel entonces, la Guerra Fría estaba en su pleno apogeo. En realidad, Eddie sólo quería algo de dinero para volver a Estados Unidos y seguir su vida nómada.
Por Juan Sardá Frouchman
Foto:
Revista 56 (15/09/2005 a 15/10/2005)
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