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ATITLÁN
El mar de los volcanes
Los maizales todavía se suceden, muchos campos continúan vírgenes y aún se escuchan las lenguas nativas
El misticismo, importado por los viajeros occidentales, no falta en Atitlán. Ahí está el pueblo de San Marcos la Laguna, centro de meditación con vistas incomparables para “yoguis” de todo el mundo y un cierto aire elitista. Algunos de esos centros han sido fundados por extranjeros y cuentan con comodidades y precios no aptos para la población autóctona.
Sin embargo no todo es paz en el lago. Los mochileros acuden en tropel a San Pedro, donde por poco más que nada encuentran alojamientos decentes y los indispensables cyber-cafés. No pierde por eso el pueblo su encanto, los maizales todavía se suceden, muchos campos continúan vírgenes y aún se escuchan las lenguas nativas. No obstante se han multiplicado los albergues, bares nocturnos y algunos establecimientos de comidas baratas.
Tal vez es en Panajachel donde más se ha perdido el color local. La leyenda cuenta que, tras la Guerra de Vietnam, fueron muchos los veteranos que, traumatizados, buscaron un refugio ajeno a sus experiencias. Desde entonces el efecto llamada no ha cesado y se ha convertido en destino turístico de numerosos estadounidenses. Ya se eleva inmisericorde alguna torre hotelera y muchos lo llaman “Gringotenango”.
Por Santiago Fernández Patón
Foto: Andi Frodil y Charo Moreno
Revista 52 (15/03/2005 a 15/04/2005)
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