Y es que Chicago es una ciudad tan inagotable como ejemplar en su planificación turística. El saneamiento del eje central de la ciudad (el conocido “loop” que forma el río Chicago) incluyó decisiones tan acertadas como la de crear una red de pequeños autobuses con estética de tranvía para llevar a los turistas de un lugar a otro de forma gratuita. Se puede tomar uno de ellos para ir a la antigua biblioteca de la ciudad, un macrocentro cultural de varias plantas con folletos de todos los colores y guías voluntarios cada media hora. Uno de ellos, un ex funcionario municipal, me descubrió la zona financiera de Chicago con incursiones en varios edificios y esforzados apuntes sobre su ciudad de origen. A doscientos metros del Centro Cultural está el Millenium Park (
www.millenniumpark.org ), un pulmón más en una ciudad plagada de zonas verdes. Creado en conmemoración del milenio, el gran parque de Chicago es otro acierto urbanístico. Tiene varios vértices. Uno de ellos es el Pabellón Jay Pritker, construido por Frank Gehry, un calco del Guggenheim de Bilbao donde pude escuchar, al aire libre, un desconocido pero notable réquiem a cuenta del Ayuntamiento. Días después de mi partida tocó allí mismo Paquito D´Rivera. Otro de los atractivos es la escultura psicodélica de Anish Kapoor, algo así como una habichuela de gran tamaño y material reflectante. Por último, y aunque la oferta del parque es mucho más amplía, destaco las fuentes del escultor catalán Jaume Plensa, dos torres enormes con agua en cascada e imágenes en movimiento. Una pareja de esculturas que, tras una primera fase de escepticismo, se han ganado el aprecio de los ciudadanos de Chicago.