Era evidente que había llegado al lugar correcto con las intenciones equivocadas. Amenazaba tormenta en Helsinki (Finlandia) y no sólo porque mi humor empezaba a deteriorarse seriamente entre los remolinos de los camiones que rugían ferozmente. Aquello era "Fin-de-landia", el final de la tierra y las avalanchas camiones del terminal de mercancías no parecían sin embargo tener la menor intención de detenerse.
Había tomado la determinación de llegar al Parque Nacional de Pyhätunturi, casi mil kilómetros más al norte, en auto-stop. Pero algo estaba fallando. Después de varias horas, el único vehículo que conseguía detener era el de la policía secreta, el tren de mercancías que había estado acechando se escurrió antes de que pudiera saltar encima y empecé a acumular expulsiones de las gasolineras a pesar de que las horas de espera hacían que los cuentos que me inventaba para romper el hielo, fueran cada vez más ingeniosos y comprometedores.
En dos días sólo me había movido los 30 kilómetros que había ido andando y mi opinión respecto a los Finlandeses tocaba fondo. ¡Y dicen que el Jet Lag afecta a los que se mueven más de 4 husos horarios! ¡Yo no debía haber recorrido ni 25 segundos horarios y estaba hecho un cenizo!
Empecé a generar una sensación de inseguridad que jamás hubiera imaginado del país de la protección y el bienestar. Era cierto que los finlandeses tendrían helicópteros de rescate de última generación, refugios completamente equipados y tecnología para aburrir y sin embargo la cadena fallaría en el punto más básico. No eran capaces de escuchar nada que sonara remotamente a problema y decían no con tal tozudez, incluso antes de plantearles nada, que uno tenía la sensación de no haber rellenado correctamente "todos los campos del formulario de asistencia". En consecuencia, no me parecían en absoluto fiables. Y es que, irónicamente en pocos sitios me he sentido tan seguro como en el Atlas marroquí, donde los bereberes o los árabes en general (y no viene mal recordar esto precisamente ahora), que muchas veces no tienen más que su extrema hospitalidad, no dudan en andar varios días con alguien para sacarle de un embolado; sin "facturas de helicóptero". Afortunadamente tendría muchas ocasiones de reflotar mi aprecio de los finlandeses.
Pero en aquellos momentos intimaba seriamente con la idea de volver. Es difícil disfrutar un país de cuya gente se albergan prejuicios. Y sin embargo, me la jugué comprando un billete de tren que me dejaba bien pasado el Círculo Polar Ártico con las últimas 600 ptas. del presupuesto en el bolsillo.
Psiquiatra infantil
¡¿"Expreso Santa Claus"?!: No sólo me resistía a tomarme en serio un tren con ese nombre, sino que además es uno de los casos de apropiación indebida más curiosos e hipócritas de la historia, que se mantiene porque de lo contrario, se tendrían que medicar los cereales de los críos para impedir que entraran en crisis. Y es que en realidad, lo más probable que el verdadero Santa Claus no hubiera sido capaz de distinguir un reno de un espárrago triguero (Mantengamos esta revista lejos del alcance de los niños por su contenido altamente clasificado en plenas Navidades).