Hay oportunidades en la vida que no se pueden dejar escapar. La mía llegó este verano con motivo de la celebración de las elecciones presidenciales Del 9 de Septiembre.
¿Cuántas veces se puede descubrir un país y sus gentes acompañando a la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, en su gira de campaña electoral?.
En estas pinceladas asoma un país, Guatemala, que seduce y embelesa, desplegando un abanico de colores, sabores y olores que lo hacen único.
El lago Atitlán, sin ser el más extenso del país es el que más bocas abiertas deja. Sus aguas tranquilas y profundas y su muralla natural constituida por tres imponentes volcanes confieren al lugar un halo enigmático y misterioso.
Es tradición que cada pueblo luzca colores y motivos diferentes en sus tejidos y telas. Fueron los conquistadores españoles los que lo impusieron para controlar y clasificar a los indígenas. Esta práctica racista dio origen a una tradición y riqueza textil que distingue hoy a Guatemala.
El sincretismo religioso maya es evidente en toda su liturgia y se adueña de todos los elementos religiosos. Policromados cementerios, máscaras, tallas y ceremenonias. En las iglesias las ofrendas invocan tanto a dioses mayas como a santos católicos.
Algunas leyendas se inspiran en Atitlán y sus alrededores. Una de ellas es la del dios maya cristianizado Maximón. Vestido con pañuelos de colores y con un eterno puro en la boca, sus favores son políticamente incorrectos: sexo, dinero y licor.
En la localidad de Chichicastenango se aprecia claramente la Guatemala indígena. Su mercado es uno de los más conocidos de toda Centroamérica. Tocados, huipiles y cortes inundan sus calles cuando las mujeres indígenas bajan a montar sus puestos.
Pueblo a pueblo, kilómetro a kilómetro, Rigoberta Menchú se ha acercado a los guatemaltecos no como Nobel de la Paz, por lo que ya es conocida, sino como la primera mujer maya candidata a la presidencia del gobierno.
Los autobuses allá son “camionetas”. Llama la atención su personalización, al antojo del conductor, y su línea, típica de EEUU. Por lo general son vehículos seguros y sorprende su potencia y aguante, sobretodo teniendo en cuenta la defectuosa red de carreteras y la orografía del país. Su versión a escala reducida es un souvenir típico.
El altiplano guatemalteco alberga la esencia y la magia maya. Las distintas comunidades indígenas, casi el 50% de la población, son los auténticos mayas que han sobrevivido hasta hoy.
Un brutal terremoto destruyó en 1773 la que era capital del país y una de las ciudades más importantes de América: La Antigua, ciudad Patrimonio de la Humanidad. Por sus calles empedradas te rodean sus casas coloniales, iglesias, conventos y catedrales. Abundan las joyerías especializadas en jade, el oro turquesa, y un sinfín de restaurantes y bares en los que empaparse del ambiente bohemio que impera. El broche, al caer la tarde, es un ron o un café del país, de la mejor calidad mundial.
La pequeña localidad costera de Livingston es la Guatemala “negra” y rastafari. La población es garífuna, descendiente de africanos esclavos mezclados con mayas. Recorrer la costa atlántica hasta la vecina Belice y subir hasta el lago Izabal por el río Dulce hasta el Castilo de San Felipe, son dos propuestas atractivas para completar la visita a la región caribeña del país.