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KINGSTON
Balas y bafles
Estás en Kingston y, por poco que lo parezca no quieres salir de ese enjambre de maleantes, de músicos, de tipos que se hacen pasar por músicos, de putas, de gente, de vida
Cae la tarde en Papine Square. Cabras, contenedores llenos de peladura de naranja y cabras encaramadas mascando peladura de naranja, merodeadores profesionales saliendo o entrando a las casas donde se apuesta a los caballos, buscándose la vida -o un porro, o una invitación a una Red Stripe bien fría- entre poderosas columnas de bafles a pie de acera, escupiendo graves capaces de reventarte las piedras del riñón. Estás en Kingston y, por poco que lo parezca, no quieres salir de ese enjambre de maleantes, de músicos, de tipos que se hacen pasar por músicos, de putas, de gente, de vida.
Kingston tiene ochocientos y pico mil habitantes y mucho peligro. Huele a pasado colonial (aunque eso acabó hace cuatro décadas), a Marley (aunque el mesías del reggae intentara parar la ola de violencia de una de las islas con más armas de fuego per cápita), a marihuana (aunque esté prohibidísima). Es la capital de la música de la isla de la música, la tierra de donde sale el drum 'n' bass, el dub, obviamente el reggae, y los sound systems: eran aparatosas columnas de amplificadores que, en los años 50, se amarraban al techo de los coches para que, con fondos musicales compuestos para la ocasión, las licorerías anunciaran sus licores. De ahí sale todo: una de las más fabulosas músicas que ha dado el Caribe al mundo se grababa para hacer publicidad. Hoy la industria discográfica es autosuficiente y más solvente -y la única del planeta donde los discos son de vinilos y siguen girando a 45 rpm- pero los sound systems siguen acaparando las aceras en la misma proporción de nuestras mantas de CDs piratas.
Por Bruno Galindo
Foto: Bruno Galindo
Revista 36 (15/06/2003 a 15/09/2003)
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